Aquello que se perdió

 

Poco a poco, a paso lento de bueyes, con la lenta cadencia del caminar de una Hermandad, año tras año, si en el sentido espiritual el Rocío ha ganado en devoción, en número de hermandades, en proyección universal, a mismo tiempo y aunque mirado quizás desde un punto de vista egoísta como andaluz, también hemos perdido mucho en lo más profundo de nuestra propia identidad rociera. Estilo, comportamiento, belleza, idiosincrasia, tradiciones, etc. Normalmente siempre se gana algo dando algo a cambio.

 

El estallido socio-religioso que ha experimentado el Rocío, con todo lo que conlleva, en los últimos 20 años sería tema para un interesante estudio desde el punto de vista antropológico para cualquier historiador. Nada más pensar que tan soto hace 30 años, en nuestra propia Andalucía la Baja, cuando el número de hermandades no superaba algo más de treinta, y algunos sectores de nuestra sociedad, muy numerosos por cierto, criticaban a aquéllos que iban al  Rocío, y Sevilla se sorprendía una mañana al ver las carretas en la calle.

 

Comparado con el momento actual, donde creo que no había ni un solo rincón de la geografía española, donde no se haya nombrado en más de una ocasión la palabra Rocío, y son ya 93 el número de hermandades filiales que acuden oficialmente, al menos dos veces a! año, al Santuario.

 

El Rocío siempre fue una divina obra, con un solo y único argumento, la Santísima Virgen, en un escenario único en e! mundo, la marisma Almonteña, con unos intérpretes únicos e irrepetibles, Andalucía la Baja, y un acto final: la salida ese lunes de la Blanca Paloma a hombros del pueblo de Almonte.

 

Y a diferencia de cualquier obra, esta no tenía espectadores, ya que el Rocío no se puede contemplar desde ningún patio de butacas, sólo se puede vivir en ese divino escenario, y formando parte de esa inusual compañía.

 

Posiblemente aquellos que más aportaron en los momentos difíciles mayores añoranzas tendrán. Pero es evidente que no podemos parar el reloj en la noche de los tiempos.

 

Hay nombres que se borraron

del lenguaje rodero

como se borran las huellas

de carretas y romeros.

 

Quién se acuerda ya de Gatos,

de la noche de Tornero,

del caño de la Cigüeña

ni del cortijo de Gelo.

 

Ya no se escuchan crujir

carretas entre los pinos,

las Hermandades se perdieron

sus paradas y sus caminos.

 

Se perdieron tradiciones

y aquella gente a caballo

con ese sello campero

que al paso de un Simpecado

se quitaban el sombrero.

 

Se están secando las fuentes

donde bebían los poetas

el agua que derramaba

la belleza rociera.

 

Viva ese Lunes de ayer

el alba parpadeando

rompiendo en el horizonte

ver volar a esa Paloma

sobre los hombros de Almonte.

 

José Díaz

 

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Abril de 1994 - Página 7