No sólo se nos fue nuestro abogado

Nacía la década de los noventa y a la vez que la naturaleza, como cada año, hacía brotar el azahar en los naranjos para impregnar Sevilla de olor a
primavera, en este nuestro rincón del Patio del Salvador una voz nos llenaba de Rocío, era la voz de nuestro hermano JUAN MANUEL ARTEAGA CALERO, que con incontenida emoción pregonaba sus glorias. Orgulloso de su pueblo, la Palma del Condado y pertenecer como hermano a su Hermandad de Sevilla y a la Hermandad Matriz de Almonte, fue trasmitiéndonos sus experiencias de camino como rociero antiguo y su gran amor a la Virgen. Amor que con la ayuda de su mujer les fueron inculcando a sus hijos y nietos.

Yo, que fui su presentador, a petición del pregonero, también en aquel entonces puse de manifiesto no sólo su condición de hermano que asiduamente asiste los jueves a misa dispuesto a colaborar con todos los actos que organizan las Juntas de Gobierno y que pone generosamente su profesión al servicio de nuestra Hermandad; sino también hablé de su grandeza como cristiano y hombre de bien que camina su vida por un Pentecostés diario con dos veneraciones: su Virgen del Rocío y su familia. En definitiva un soñador, rociero y sencillo que se ilusionaba con abrir las puertas de su casa del Rocío, rodeado de los suyos para dar muestras de cariño, alegría y fe.

Hoy doce años más tarde, el pasado mes de septiembre a consecuencia de un derrame cerebral, esa voz enmudeció, y no sólo se nos fue nuestro abogado y nuestro amigo, sino también veintitrés años de colaboración y la huella que deja alguien quién sabe pisar las arenas, compartiendo cansancio, amistad, alegría y devoción. Querido Manolo, tu andadura muy larga y el espacio corto y aún así no me resulta fácil hablar sobre tí, porque mi corazón sensiblero confunde en mi mente la alegría de tantos años de buenos recuerdos con la tristeza de un adiós inesperado y por sorpresa, e inevitablemente los sentimientos frenan al bolígrafo, aunque cuando me llamó el Hermano Mayor para que te recordara en el boletín, ya mucho me temía que iba a ocurrirme y desde que escribí el primer renglón en mi pensamiento sólo fluye una pregunta, ¿con quién me voy a tomar los jueves el último café, Manué?.

Querido Manolo, precisamente yo que llegué a entenderte y comprenderte quiero dirigirme a ti, desde la añoranza de nuestra amistad, para agradecerte tanto Cristina como yo, el que juntos participáramos lo mismo en lo cotidiano como en los momentos importantes de nuestras vidas.

Y por último, desde el conocimiento del dolor de tu mujer y tus hijos voy a hacerte una petición:

Manué, tú que ya peregrinaste ese otro camino, dónde quizás el tomillo tenga otro aroma, el romero otro verde y el crujir de las tablas dé un sonido diferente. Tú que ya habrás cruzado ese otro puente, cuya puerta sólo abre aquel que caminó por la senda de la verdad. Tú que ya estarás dándole VIVAS AL DIVINO PASTORCITO, aprieta con fuerza esa medalla que te acompañó y dile a nuestra SEÑORA y MADRE, que le extienda a Consuelo, tu compañera del alma, un manto de alivio y esperanza.


Antonio Rodríguez Ferrera

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Diciembre del 2002 - Página 25