Carta a mi madre, Rocío
Querida Señora:
Soy Pele, tu hijo pródigo, caminante sin descanso.
Siguen vivos los recuerdos de aquella mañana fresca en la que, después de una noche de nervios, me coloqué la medalla y el sombrero, salí con paso firme y emocionado hasta el Salvador, con la alegría maravillosa, desconocida, de empezar mi primer camino hacia tu ermita, nuestra casa. No podría definirte la sensación de ver los bueyes en las yuntas de las carretas, el olor a romero recién cortado y el azahar de los naranjos; el Albero aún dormía. Yo, por fin peregrino, comencé a respirar el aire de Sevilla convertido en sueños de veredas y pinares, en anhelo impaciente de tus ojos, divina mirada.
Sin darme apenas cuenta, me encontré junto a la bendita carreta que lleva tu esencia sin pecado original y esperanza de nuestras vidas. Por delante sólo un empeño, llegar hasta tu altar y olvidarme del tiempo, detenido entre tus manos.

Las fatigas del camino no importaban, se reducían con el deseo de llegar y las oraciones engarzadas a tu nombre: Rocío de la mañana. Madre amorosa y paciente. De repente, me asalta como un mazazo la visión de tu imagen en el centro del eterno Río Quema, apelmazado de almas, lágrimas y suspiros.
Junto a mí el padrino que elegiste Tú; mi bautista inesperado, nervioso, emocionado. Por su boca salió (desde lo más hondo de su ser) la fórmula que entre los dos me impusisteis para el resto de mi existencia: "Que tu vida sea estar en camino. La Virgen del Rocío irá siempre contigo donde vayas. Aprende a amarla, no la olvides nunca".
Palabras que traspasaron mi corazón de peregrino neófito, el llanto incontenible se fundió con el agua por mi cabeza. Ya podía presentarme ante Ti con júbilo en los ojos y en el alma.
Caminos, calor, arenales, sesteos, rosario de atardecer, candelas, misa de alba y, al fondo, el resplandor de tu ermita, blanco palomar marismeño con aromas de tranquilo oleaje.
Madre Rocío, no quisiera marcharme jamás de tu lado, pero cada año, porque Tú así lo quisiste, vendré "haciendo camino" para poner a tus pies mis ilusiones, mis oraciones, mi vida.
Un beso. Tu hijo
PELE
Publicado en el Boletín de la Hermandad de Mayo de 1999 - Páginas 23