Cuando pasen siete años ….

 

El día no había amanecido como debería corresponder a esta época del año. Estaba nublado, hasta con ganas de llover, pero de momento nos íbamos salvando. En el patio de la Hermandad, lleno como si de un Rocío Grande se tratara, se dejaba sentir en el aire una sensación como la que cualquier niño siente la noche de Reyes: Nervios, risas, alegría contenida, porque habían pasado 7 años y hoy volveríamos a ver a La que lo es todo y Es el norte de nuestras vidas, vestida de Pastora, porque hoy, es 19 de Agosto. Y todo ello, porque Ella había querido.

Otra vez resonaban en nuestros oídos y en nuestra memoria, las famosas sevillanas:”Cuando pasen siete años, ¿quién te volverá a Ti a ver?”.

Siete Rocíos habían pasado, siete años de nuestras vidas, pero aquí estábamos, esperando impacientes la hora, esa que nada más que sabe Ella y sus hijos almonteños. Por desgracia, siete años es mucho tiempo y en ese periodo, muchos amigos no nos acompañaban, porque estaban ya con Ella, disfrutando de su presencia.

A media mañana, la Misa de Renovación del Voto del Rocío Chico y la Procesión Eucarística, eran el prólogo a lo que ya no tenía marcha atrás. En poco más de 3, 4, a lo sumo 5 horas, la Virgen estaría en al calle. Mientras tanto, miles de salvas al viento en las bocas de las escopetas, serían la letanía que nos acompañaría como ya lo había hecho desde meses atrás al atardecer tanto el la Aldea como en el pueblo.

Y así fue efectivamente: en el Patio se empezaban a preparar los almuerzos cuando la noticia corrió como la pólvora: “¡¡Ya han saltado. La Virgen ya está en la calle!!”. El reloj marcaba poco más de las dos y cuarto de la tarde.

Corazones acelerados lo dejaron todo y salieron a su encuentro. Aún quedaban muchas horas hasta que abandonara la Aldea buscando el Camino de Los Llanos, pero siete años habían sido mucho tiempo para esperar y tenían ganas de verla en la calle. Ya habría tiempo para comer y si no, daba igual, todo fuera por verla en sus andas, que cuando pasen siete años, quién sabe donde estaremos.

Y allí nos La encontramos, más o menos en el mismo sitio en el que en Mayo La esperamos con nuestro Bendito Simpecado, reinando sobre un mar de cabezas, vestida de Pastora, con sus tirabuzones bajo el sombrero, pero con su aire de Reina.

“Dios te salve, Reina y Madre,…”, primera de un sinfín de salves que hasta que se pose en Almonte a la mañana siguiente, se elevaran hasta los cielos. Las primeras lágrimas, van dejando un surco en nuestros rostros a través del hollín que como nieve va cayendo sobre nosotros de los miles de kilos de pólvora que la reciben como manda la tradición.

Las abuelas almonteñas, fieles custodias de las más antiguas tradiciones, llevan los atributos de la Reina de Las Marismas. Las acompañan sus nietas, que un día serán las depositarias de tan alto honor.

Poco a poco, la Virgen gana etapas y va coronando altares de papel. Los Llanos ya se vislumbran. Desde ahí, derecha al Altar del Pañito, donde será velada.

Nadie se quiere mover de su lado. A pesar de la gentileza del tiempo, el calor a escasos metros de las andas es insoportable.

Las escopetas siguen con su particular repicar de salvas y, como contrapunto, los trabucos las acompañan.

Por fin, atardeciendo, la Virgen es subida al Altar y las camaristas proceden al viejo ritual de velarla, para que el polvo del Camino no dañe su cara. Una vez colocado el capote, se inicia la marcha de forma más rápida hacia su pueblo. No hay vuelta atrás. Miles de corazones la acompañaran toda la noche, siguiendo la luz de su mirada.

Ahora, nueve meses... extraños, tristes, en los que la Aldea no será la misma. “Nueve meses de distancia y soledades la marisma ve pasar” decía el poeta. Las Hermandades no alegraran las mañanas en las puertas de la Ermita. Los turistas llegarán despistados preguntando ¿dónde está la Virgen? Y los aldeanos, con pena, les dirán que está en Almonte, ¡pero que en Mayo regresará a su casa!.

Mientras, a esperar, a verla en la Parroquia del pueblo, a rezar la Salve a la caída de la tarde con sus hijos de Almonte y a desgranar los días que quedan para la vuelta y, sobre todo, pedirle salud para dentro de siete años, “volverte a ver”.

 

Manuel Romero Triviño

 

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Diciembre del 2005 - Páginas 34 y 35