De ayer a hoy
¿Rociero antiguo? ¿Quizás por viejo? El caso es, que este que escribe ha ido viendo poco a poco la transfiguración que ha ido sufriendo nuestra incomparable Romería del Rocío.
Sin querer, recuerdo escenas, tipos y costumbres que sin saber cómo ni en qué momento, se han ido perdiendo o cuando menos transformando quizás a causa de esa inevitable masificación.
No pretendo con este artículo, la crítica por la crítica, pero sí aportar para aquellos que lo lean la visión de casi treinta años de Rocío, de afición al caballo y a todo lo que lo rodea. Si algún apelativo tuviese que definirme pudiera ser muy bien el de clásico, conservador o romántico, con el único deseo de preservar el patrimonio que viví y que quisiese contribuir con mi modesta opinión, a dejar a las nuevas generaciones.

Por ello, que en esa añoranza del pasado me viene a la memoria las diferencias del caballista romero de Ayer con el de Hoy. Aquellas jacas camperas, enjutas de carne, de no mucha alzada que con sus colas cortadas y las crines entresacadas, que sin pretensiones de lujo, servían con su funcionalidad a las necesidades de sus jinetes. Aquellos caballos, tan diferentes a los de hoy no por su morfología sino por su quehacer diario, tan distinto a la plancentera vida actual de un caballo en un picadero. Y es que los de antes eran caballos para el trabajo, venían de las dehesas, del Aljarafe, de la campiña o de nuestra marisma, otros repartían pan por nuestros pueblos o acarreaban "ramón" para el ganado de algún vaquero o llevando sacos de grano al molino desde la "tahona".
Los más privilegiados por sus cualidades hacían su trabajo en las ganaderías bravas acosando, apartando o simplemente repasando alambradas. Eran caballos humildes, pero llenos de la dignidad del trabajo diario, y que llegando mayo cambiaban las angarillas, los serones o el aparejo por la montura vaquera, con las cuartillas y las orejas bien peladas, el morral del grano a la grupa y la martaguilla al cuello recibían e! premio de llevar a sus dueños al Rocío.
Qué distinto lo descrito, a algunos selectos y melenudos ejemplares en ocasiones sin castrar, que en la actualidad hacen la salida y el camino con nuestras hermandades. Animales eso sí de indiscutible belleza y valor pero más indicada su utilización en el paseíllo de un rejoneador que para el transporte útil de un rociero.
¿Y sobre el conjunto jinete-caballo, qué decir sobre el atuendo? El atuendo de un jinete a la vaquera es sencillo, sin estridencias ni modernismos, con la elegancia propia de lo natural, atuendo que ha ido evolucionando hasta convertirse en nuestro entrañable traje corto. Traje o temo más bien, con chaquetilla o guayabera cor-ta (para no sentarse sobre ella en la montura), ceñida pero cómoda, chaleco abotonado ¿sino donde guardar el tabaco, mechero, navaja y reloj cuando se llevaba?, calzón alto ajustado para evitar arruga y con vueltas de crudillo.
Zahón corto y engrasado, corto porque el largo solo sirve para arrastrarlo por el barro y pisarlo cada vez que te sientes, y engrasado para su buena conservación y escupir el agua cuando te sorprenda la lluvia.
El chaquetón sin apliques ni coderas. La chaquetilla de tejidos sencillos, sin grandes costos, algodón crudillo o bien de hilo blanco para los días más señalados y pañuelo a la cintura. Un conjunto en fin, varonil y austero aunque no por ello falto de elegancia, propios para los caminos de entonces y para el campo en general (y no por las pistas forestales por donde hoy transitamos). El camino del rocío era duro, algunos de ellos sólo se transitaban una vez al año, secos y ardientes arenales por la fecha de la romería, poca sombra y menos agua. Para ello sólo se contaba con animales bueyes, caballos y mulos, esos eran nuestros motores muy diferentes a estos tractores con cabinas con aire acondicionado, o esas otras caballería llamadas todoterrenos. Antes eran "relojero", "castaño", "cortijero", "granao", nombres más nuestros y más entrañables.
Los jinetes sabían de qué iban, pues solían ser gente de campo o al menos con gran afinidad a él, y en más de una ocasión velaban a su cabalgadura durante toda la noche pendientes de una retención de orinas y se ocupaban si su caballo había apurado el pienso o estaba tardo en estercolar.
Por el contrario la inmensa mayoría de los jinetes de hoy (y sálvese quién pueda) es hombre de ciudad, aficionado ocasional que se acuerda de caballo días antes de Rocío y lo olvida en cuanto regresa, que por la falta de contacto con el animal que monta se queja constantemente de tal o cual forma de andar, cuando no son caballos alquilados que pasan de mano en mano.

Difícilmente y ante tales circunstancias dicho animal podrá proporcionar un buen camino a su ocasional jinete, que sufrirá de agujetas y dolores en todo su ser. Se ven algunos que rallan en el mayor de los ridículos, con rojas fajas de largos flecos y trajes prefabricados, comprados a la carrera en un gran almacén, largas y desaliñadas chaquetillas que nada tienen que ver con aquellas que hacia "Luisa la de Triana", "el Cojo de Siete Re-vueltas", "José el de Villanueva" o la sastrería de "militar y paisano" de la Plaza del Duque, que sabían darle a la chaquetilla ese empaque ciñéndola al cuerpo como un guante y siendo a su vez cómoda como un pijama.
Se ven algunos sombreros de ala ancha, que más que anchas son boleadas, dando un aspecto al jinete más de gaucho pampero que de jinete vaquero. Botos valverdeños, cuyo color avellana va proclamando su reciente estreno tan diferentes a aquellos otros de "Juanito el de Curtidores" o no digamos de aquellos de "Pemia" o "Félix León".
Calzonas con caireles de pasamanería, casi cubriendo (por largas) a unas espuelas de fundición (eso sí, muy grandes) que han ocupado el lugar de aquellas otras finas y elegantes salidas de la fragua de "Pepe Panadero". Camisas de rizadas chorreras, con brillantes botones, tan distintas de la clásica y sencillas de tirilla tan propia de nuestro ecuestre traje. Larguísimos zahones cosidos a máquinas y llenos de pliegues, arrastrando sus picos, sueltas las perneras y con las correas a media pierna más parecido al delantal de un matarife que a la prenda ligera y descargada de adorno, ajustada y abrochada tan al gusto de nuestros jinetes vaqueros.
Caballos melenudos con burdas cabezadas hechas en la India o Dios sabe dónde, que bien poco se parecen a las "calabresas" de nuestro amigo "Angelito, guarnicionero de Arenal" o aquellas otras del difunto "Font". Y no lucen esos pequeños mosqueros de penacho hechos de seda o cerda y que tantas veces vimos en los caballos de nuestros infantes cuando nos obsequiaban con sus amable saludos acompañando a la muy antigua Hermandad de Villamanrique.
Pero no todo es negativo, no a Dios gracia, no todos los jinetes se disfrazan ni todos los caballos van desaliñados. Se ven, y cada vez más, jóvenes que recuerdan aquellos que conocimos y que han sabido heredar las formas y el estilo tradicional. Caballos vaqueros y camperos con sus machos cortados y las formas elegantes y austeras de sus jinetes componen aún en nuestra romería una de las estampas más bellas que se pueden contemplar.
Perdone el lector si esta torpe pluma, quizás guiada por un exceso de celo hacia aquello que tanto ama, se ha excedido más de la cuenta en sus afirmaciones. Pero si sirve tan solo para recuperar algo de lo mucho que se perdió asumo mi responsabilidad.
Antonio Barreiros Tirado
Publicado en el Boletín de la Hermandad de Diiembre de 1995 - Páginas 17 y 18