In Memoriam - Desde el otro sitio

Vengo a este Boletín con la ilusión de un debutante a la Maestranza. Quiera la Virgen del Rocío no ya que tenga éxito en este mi primera faena, sino que pueda volver a repetir actuación.

 

Escribo desde el otro sitio, porque Pepe Mestre ya no está en él, con nosotros. Ahora ocupa un lugar privilegiado al que tenía ganas y deseos de llegar, al menos por encontrarse con la Virgen que representó la devoción de su vida.

 

 

Le conocí antes de ser Hermano Mayor, pero nuestra amistad y cariño se fraguó y tomó cuerpo durante esa etapa. En ella no estuvimos en sitios diferentes como ahora, aunque geográficamente pudieran parecer distintos: Sevilla y Triana. Pero no estábamos en sitios diferentes porque nuestros corazones, nuestras mentes y, en definitiva, nuestras almas, estaban situadas en el mismo sitio. No había diferencias. Creíamos y confesábamos públicamente las mismas cosas, si bien él las llevaba a la práctica mucho mejor que yo, porque Pepe fue muchas cosas, pero sobre todo era bueno; era amigo; era desprendido; era honesto; era, en fin, un ROCIERO con mayúsculas, de los que hacen mucha falta a nuestras Hermandades por su sencillez y por su forma de enfocar las cosas. La verdad es que daba gusto estar a su lado. Hoy, que estoy un poco más cerca de él, porque voy volando hacia Barcelona, a no sé cuantos pies de altitud, porque cuando lo dijeron yo estaba enredado en otras cosas, me he puesto a escribir estas líneas recordando y grabando en mi memoria, de manera indeleble, aquellos años que estuvimos juntos. Formamos un grupo de Hermanos Mayores, con los de las otras tres, unido, y más que nada fuimos cinco amigos que gozábamos con las alegrías de uno cualquiera y sufríamos con los disgustos que a veces nos producía el desempeño del cargo. En estos momentos en que me encuentro por encima de las nubes y contemplo el cielo limpio en su inmensidad como una especie de marisma celestial, quisiera que mi voz saliera del fuselaje del avión para decirle: "Pepe, pídele a nuestra Virgen, a María del Rocío, primero por Araceli; después por tu familia y tu Hermandad, a la que quisiste como la hija que nunca tuviste; ten un recuerdo para aquellos cuatro amigos tuyos y compañeros que, a la vez que tú, llevaron la carga del cargo. Y también por todas las Hermandades y rocieros del mundo, a fin de que, siguiendo tu ejemplo de hombre bueno y servicial, hagamos presente entre nosotros ese mandamiento nuevo de amor que tanto necesitamos".

 

Ya a punto de terminar, porque avisan el próximo aterrizaje, no quiero dejar de escribir que estoy seguro desde mi fe que la tristeza y el abatimiento que pudo sentir en su alma al final de su vida, cuando la enfermedad atenazaba el cuerpo, no pudieron nunca con él por su fe en la Virgen del Rocío. Por eso Ella, antes de su muerte, le diría, como hizo su Hijo con muchos: "Pepe, tu fe te ha salvado". De ahí que, al mismo tiempo que tuvo conciencia de su muerte, tendría también conciencia de su salvación, porque su profunda fe en María tuvo en el tiempo su consumación mucho antes que su muerte.

 

Pepe se fue al otro sitio para recorrer una eternidad de marismas y preparamos el camino a todos los rocieros, para que un día podamos juntos decirle a la Virgen, pero ya cara a cara:" ¡Viva la Virgen del Rocío!".

 

VICENTE L. GARCÍA CABIEDES Ex-Hermano Mayor de la Hermandad del Rocío de Triana.

 

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Diciembre de 1998 - Página 13