José Amores

 

Conocí a Pepe Amores a principios de la década de los sesenta, me lo presentó su hijo primogénito, al cual me unja una gran amistad.

Tuve la suerte de estar y convivir con él en la última romería completa a la que él asistió. Pepe, vestido con su traje corto, me relataba con nostalgia los muchos caminos que realizó, me hablaba de los senderos que conoció y las muchas vivencias que experimentó a lo largo del tiempo acompañando a nuestra hermandad, mientras me comentaba todo esto, se reafirmó en mí lo que ya sabía sobre su persona, la grandeza de espíritu que encerraba este hombre bueno, caballeroso y humilde, todas las cualidades que adornan a un buen rociero, él fue quien me enseñó a amar a nuestra hermandad.

Me unió a él una gran amistad gracias a las muchas visitas que por aquel entonces realizaba a su casa, amistad que nunca se romperá a pesar del tiempo y de los muchos sinsabores que la ida nos depara y que jamás olvidaré.

Eché en falta su presencia en los últimos años, cuando ya las fuerzas le flaqueaban. Este año ya no estarás entre nosotros, pero cuando emprendamos esta romería, y de nuevo las vivencias y el peregrinar, tú estarás en mi corazón y de nuevo el diálogo contigo, yo aquí caminando entre los nuestros y tú ahí arriba, con la inmensa suerte de estar ya ante ella, gozando por siempre de su mirada de Madre nuestra.

Descanse en paz.

Joaquín López González

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Mayo del 2003 - Página 9