Los que no van al camino

 

El camino del Rocío es una experiencia que excede al mero desplazamiento físico y constituye un ir amoroso e ilusionado a la Aldea; y aunque hay quien dice que el camino es duro, que hay que dormir en el suelo, que es lento por el andar de los carreteros, el camino es un sendero de virtudes, el camino hace fortalecer al hombre en cristiano. Pasado Aljobar, en el camino va despojándose e¡ caminante de hipócritas vanidades, de ambiciones vanas, y se queda lleno de fe rociera y, desnuda su alma, entonces emocionado rezará llorando, el romero,  como Sevilla cuando para en el Quema.

 

Para los rocieros es después del lunes de Pentecostés cuando, tras una tensa madrugada que precedió al alba, la Virgen del Rocío, serena y majestuosa, sale en procesión por la Aldea a hombros de los almonteños, ante un júbilo de vivas y palmas, los sombreros en alto, los brazos hacia arriba, deslizándose sobre un mar de rocieros emocionados; es el acaecer más importante de la vida rociera.

 

Entiendo que e! camino empieza con sus preparativos, y consecuentemente los que no van al camino, además de la angustia y la nostalgia por su situación, dejarán de vivir el preparar la carriola; el comprar el costo que convida al peregrino; dejará de percibir aquella noche en su aposento el olor característico de los zahones y los botos recién engrasados; no verá el grandioso espectáculo de su sombrero ancho sobre el suelo de su habitación para conformar la tiesura de sus alas; no disfrutará del sublime espectáculo de contemplar sus trajes cortos sobre silla de su dormitorio, o no sentirá el goce de "admirar", preparadas, sus alpargatas, su gorrilla y su talega que contendrá la muda con la que hará el camino, pero sentirá que el sueño no le llega por el cosquilleo en la barriga la noche antes de la marcha de su Hermandad, y no podrá dormir porque ese año no pisará las arenas, y se sentirá más rociero que nunca, si cabe, y apretando los dientes de dolor sabrá que ia lleva a Ella en el corazón y derramará, en la oscuridad de su alcoba, una lágrima de amor.

 

No podrá decir ese año, con Pedro A. Morgado, al Rocío vamos llegando, cogiendo clavellinas y haciendo ramos; ni por el encinar de Gato percibirá el correr de un viento de esperanza; ni se quedará frío cuando al pasar el río Quema no vea beber a los bueyes en el río; ni podrá pedir al carretero de !a Virgen que diga a su hijo mayor que el día que él se muera herede la tradición; y aunque la gente no vaya andando de penitencia, no podrá exclamar, carretero sigue tú que no se pierda la herencia; ni sentirá crujir las tablas del puente del Ajolí bajo el paso de las llantas de hierro de la carreta del Simpecado; pero soñará y deseará con toda su alma de rociero hacer el camino para el año que viene, y en ese camino cogerá clavellinas y hará ramos; percibirá un viento de esperanza en Gato; verá beber los bueyes en el río, en el que derramará una lágrima de gratitud y será parte de la herencia, que él hará que no se pierda; le llegará al alma el crujir del paso de la carreta por el puente Rey; tendrá la cara morena y la Virgen le escuchará agradecida.

 

Será grande su pena y su nostalgia al no poder caminar, pero podrá, por ese año, desahogarse, lleno de alegría, con el Simpecado, pues es privilegio exclusivo de la Virgen del Rocío que su imagen presente en el Simpecado cause la misma devoción, produzca el mismo frenético entusiasmo que produce Ella sola en su Santuario de la marisma, y ante ése nuestro Simpecado podrá rezarle con el corazón, llenos los ojos de lágrimas, los labios balbuceantes, este pedazo de salve: A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos g¡miendo y llorando en este valle de lágrimas... y entonces ellos se consolarán.

 

J. M. Arteaga Calero

 

 

Publicado en el Boletín de la Hermandad de Abril de 1994 - Página 4