Mi pequeña herida
En la parada del camino, quise ayudar un poco a los que iban trabajando para la Hermandad. En un claro del pinar, el fuego hacía bullir la caldereta que despedía un olor agradable.
Yo estaba cortando trozos de pan y los colocaba en cestas grandes. Charlando al mismo tiempo con los cocineros, me distraje y me corté en un dedo. El tajo fue profundo. Me curaron, pero la herida me dolía. Con el dedo vendado, cambié de ocupación y distribuía platos y cubiertos sobre las mesas largas. Tenía cuidado, pero cualquier roce o pequeño golpe en el dedo herido, me hacía sentir un dolor intenso y entonces pensé en la desproporción que había entre la causa, -un golpe sin importancia- y la molestia que sentía en el dedo lesionado.

Después de la comida, sentado en la arena, el pensamiento volvía a revolotear sobre esta idea. Cuántas veces, una crítica sin importancia, un comentario o una opinión que no estuviera en consonancia con mis pensamientos, me producía una gran inquietud y me hería en lo más íntimo de mi ser, lo mismo que el golpe insignificante sobre mi pequeña herida.
Escuchaba el sonido de la brisa hilvanada entre las agujas de los pinares mientras iba recordando muchos momentos de sufrimiento y amargura, provocados por las críticas o por comentarios que me lastimaron y, al mirar mi dedo vendado, tan sensible ahora, pensé que no tuve razón al enfadarme o al entristecerme, porque más que en las palabras de otros, la causa de mi pena había estado en mi corazón demasiado sensible o en mi amor propio desmesurado.
Miré al cielo limpio, sereno y muy azul y deseé que así pudiera ser mi interior.
En la vida podrían sucederme dos cosas cuando alguien hablara mal de mí o de mi modo de actuar. Una, que la opinión que expresaran tuviese un fundamento de verdad y que yo estuviera equivocado o que hubiera procedido mal y eso tenía un solo remedio: pedir perdón a los que hubiera podido molestar y corregir m¡ proceder, pero con paz y con serenidad. También podría ocurrir que la crítica formulada fuera errónea o con mala intención, con ánimo de ofender y, en ese caso, la solución estaría en comportarme como el torero en el ruedo cuando dos puñales de muerte amenazan su vida y, en vez de pelear contra la fuerte embestida del toro, le da media verónica llena de arte y lo deja pasar a su lado, permaneciendo tranquilo y en paz, sin amargura, sin miedo, sin odio y sin resentimientos.
Mi pequeña herida en el dedo y la serenidad de la marisma, me dieron una gran lección y me decían suavemente que la paz no hay que perderla nunca.
José Mª González de Quevedo Alvarez, PP JJ
Publicado en el Boletín de la Hermandad de Noviembre de 1997