A Pepe Mestre
"Caminante no hay camino, se hace camino al andar... "
Parafraseando estas palabras de D. Antonio Machado diría, "peregrino, no hay caminos, se hacen caminos con tu Hermandad".
Hoy mi pluma vuela por los caminos del espíritu de las Marismas azules y quiere hacer ese camino contigo Pepe, contigo porque formas parte de lo sencillo, de lo cotidiano, de ese cuerpo que es nuestra querida Hermandad y me vas a permitir que sea tu cayado, tus ojos y si tú quieres una parte pequeñita de tu corazón.
Ya estamos todos nerviosos, nuestra Misa de Romeros nos ha dado un soplo de Espíritu rodero, nuestro Simpecado reluce más que nunca, el frufrú de las batas rocieras se mezcla con los recios pasos de los botos, en la plaza espera nuestra Carreta, preciosa, reventando de flores y sujetada por dos ángeles que parecen llevarla en volandas, es nuestra Carreta Pepe, es la más bonita de todas, es la que tú quisiste que fuera, ahí plasmaste el sentir unánime de toda una Hermandad.
Ya salimos Pepe, los acordes de la Marcha Real resuenan junto con los cohetes como trinos rocieros que preceden a una explosión de júbilo popular que nos acompaña, los caballos baten sus cascos sobre los duros adoquines, "El Cani" sonriente, aparta a la multitud, "dejad paso, no veis que llevo a la Madre de Dios", el Hermano Mayor alzando los ojos al Simpecado en una mirada cómplice "Madre que todo salga como tú te mere-ces, ayúdanos, que esta Salve sea el preludio de un Viva fuerte al presentamos en la Ermita". Pepe sé que estas son tus palabras porque las palabras de un rociero salen del corazón, no de la boca y no importa donde uno esté, ayer de Hermano Mayor, hoy de peregrino, pero siempre rociero.
Ya hemos dejado atrás el Ayuntamiento y sus protocolarios gestos, la multitud que nos acompaña alza sus ojos al Simpecado "Madre mía, por mí hijo para que encuentre un trabajo", "Madre mía por mi familia", "Madre mía para que me cure"... No hace falta oírlo, los ojos hablan, los ojos de los sevillanos humedecidos por una furtiva lágrima que ya no se puede contener, ese sentir rociero, ese palpitar del pueblo, te empuja, te anima y te dice "Madre donde Tú quieras, iré donde Tú quieras". Todos Pepe quieren ir con Sevilla, el pueblo llano que siente, que padece, que sufre pero que también ríe y goza quiere venirse con su Señora.
Las campanas de la Giralda, tocadas por querubines anuncian a rebato que Sevilla está en la calle, nuestras carretas, nuestras preciosas carretas, que como cuentas de un Rosario se nos han unido, hacen que el aire que respira Sevilla, sea de tomillo y romero mezclado con azahar. Pepe, esta es nuestra Hermandad, la Señora y Sevilla, la Madre y sus hijos.
Ya estamos en el puente, el río se ha engalanado, sus aguas están quietas, quiere ser el espejo de Sevilla, quiere ser el óleo que plasme nuestro Simpecado y nuestras carretas, a su lado la Torre del Oro vigilante y atenta con la paleta de los. colores de Sevilla va reflejando en el río ese lento caminar que quiere detenerse eternamente en sus aguas.
Hemos enfilado la República de Argentina, cual Raya Real urbana que nos acerca a nuestro camino, ya nos acompañan los charros y coches de caballo que impacientes por pisar las arenas caracole-an en la espera. Con una Salve y unos vivas decimos hasta dentro de siete días a nuestra querida Sevilla pero no nos vamos, se viene Ella con nosotros porque va en nuestros corazones.
Atrás hemos dejado a nuestra ciudad, a nuestra casa, a nuestros quehaceres diarios, ahora vamos por los caminos, por los carriles, por la senda que nos marca nuestro Simpecado que como Estrella de la Ilusión Rodera nos ilumina el camino.
Ya sentimos nuestras botas hundirse en las arenas y vemos como navegantes del camino el faro de Cuatro Vita, ¿Te acuerdas, Pepe, aquella noche que llegamos mojados a las tantonas ateridos de frío, pero con el corazón empapado de alegría? La Señora de Cuatro Vita nos esperaba como siempre para darnos las buenas noches. Es nuestra primera acampada, el trajín de las carriolas y de los caballos, el primer descanso para unos pies doloridos, una copa y si vienen bien un cante, pero sobre todos Hermandad, Hermandad con mayúscula.
Al agridulce toque del cohete y el tamboril, la Hermandad se pone de nuevo en marcha, vamos dejando atrás los verdes olivos del Aljarafe y nos adentramos en un mar de pinares, el olor a jara, tomillo y romero se siente, lo impregna todo, a cambio nuestra Hermandad dejará en el ambiente ese olor de azahar sevillano, ese saber estar en el camino, esa impronta, ese sello de ser rodero de Sevilla. Hemos dejado atrás el Camino de los Playeros y hemos enfilado esa avenida flanqueada por pinos que nos conduce a ese Jordán milagrero, llamado Vado de Quema.
¡Cruzar el Quema! ¡ay!, cruzar el Quema es pasar la línea imaginaria de lo bello a lo perfecto, de lo real a lo irreal, de lo humano a lo divino, de la tierra al Cielo.
Pepe, cuántas veces hemos llorado sobre sus negras aguas, negras de penas que se van y alegrías que vienen, cuantas veces al cantar la Salve bajo una alfombra de agua con pétalos de ilusiones nos hemos sentido mejor, nuestros anhelos se han multiplicado y nuestra fe se ha agrandado tanto que hasta la Señora nos ha dejado un trocito de la Carreta al lado del Simpecado para dar refugio a nuestros corazones.
Un descanso entre verdes pinares para solazar nuestros cuerpos y dar respiro a esos centauros de las arenas que son nues-tros bueyes. Cuánta alegría se desgrana en esos pinares, cuántas ilusiones, "ven, tómate una copa", "anda, no seas malaje","me están esperando en mi corrióla", "una nada más, hombre", se repite un año y otro el ritual de Hermandad, y de nuevo a caminar, nos espera el Caoso.
Dios hizo muchas cosas bonitas, pero una noche de Hermandad bajo un cielo de estrellas en el Caoso hay que verlo o mejor vivirlo y a nuestra Hermandad le tocó la fortuna de hacerlo realidad. Pepe, recuerdas esa noche de ida en el Caoso cuando un coro de estrellas celestiales rompían los últimos rayos de luz crepuscular para arropar con su fulgor a nuestro Simpecado. Ese espectáculo majestuoso que nos tocó vivir lo hemos guardado en nuestras retinas, como una de las vivencias más hermosas de nuestro camino.
Los cantes en el Caoso suenan como un eco en el infinito de las estrellas, estamos solos, nadie nos oye, solo la inmensidad de Dios y la Señora que quieren acompañarnos rodeados de luceros. "Coge mi manta, bebe mi vino...", pero aquí no tiembla la noche, aquí la noche se hace reina, aquí la noche es embrujo, es misterio, es un desgranar de notas al contraluz del Simpecado, es un susurro, una oración, un musitar, "Madre mía, gracias por llegar hasta aquí, gracias por tenerte, gracias por poderte rezar en esta noche, gracias porque tu Hermandad ha permanecido unida, gracias por ser de la Hermandad de Sevilla".
Hay que madrugar un poco, nos espera la Señora, el último tramo del camino será para nosotros como una chicotá sevillana impregnada por el incienso de la flor de la jara y el romero. Nuestro caminar discurre por un sendero comparable a un bulevard de pinos, encinas y alcornoques centenarios que son mudos testigos del lento caminar de nuestras carretas.
Pero la aldea ya se huele, el compás del tamboril se acelera, el pulso late con más fuerza, ya estamos más cerca de Ella. En el cielo pequeñas nubecillas como palomas mensajeras indican el estrépito de los cohetes de las Hermandades que van llegando al puente, a la frontera, al límite, a ese fielato del rociero que el Puente del Ajolí.
El Puente del Ajolí no está hecho de palos podridos, está hecho de ilusiones, de plegarias, de llantos, de risas, de salves, de vivas, y nuestra querida Hermandad va a cruzarlo. Pepe, recuerdas con qué gracia saluda Sevilla a su Simpecado en el Ajolí "ole, ole, ole, qué bonita va Sevilla hasta el Rocío..." Atrás quedaron las vivencias, los momentos, los malos y los buenos ratos, bueno los malos ratos no existen, aquí en este torrente imaginario de agua bendita, nos quitamos ese polvo del camino y nuestra cara reluce como el sol mañanero, no en vano vamos a presentar-nos ante la Señora.
Y llegó el momento, en nuestro Simpecado con su cohorte de carretas engalanadas con el sudor, el esfuerzo y la alegría de nuestra Hermandad va a rendir cuentas a la Señora delante de su Ermita. Aquí estamos Señora, fíeles a la cita del Divino Pastorcito, aquí estamos para decirte gracias, aquí estamos para decirte que somos tus hijos, para decirte que no nos dejes nunca, para rezarte y para darte ese viva que no sale nunca de la boca, ese viva que sale del pecho ahogado en un susurro de lágrimas, con voz enronquecida por la emoción.
Hemos hecho el camino, estamos con Ella y Ella está en nosotros. Pepe, Ella está contigo, está con todos, está dentro de toda la Hermandad, ahora sí podemos llorar, ahora podemos desahogamos con un viva muy fuerte. Una vez más ese espíritu rodero ha hecho el milagro de la unión, de la hermandad, del cariño, del "amaos los unos a los otros..." Ya solo nos queda verla por las marismas entre una corte de estrellas y un sol que brilla porque Ella está fuera de la Ermita.
Querido Pepe, este camino imaginario es el mismo que tú haces cada día pensando en las Marismas azules, y recuerda que no estás solo, que hay una Hermandad que está a tu lado y que quiere tenerte haciendo siempre el camino.
Un abrazo.
José Moya.
Publicado en el Boletín de la Hermandad de Mayo de 1996