I PREGÓN DE LA HDAD DEL ROCIO DE SEVILLA

Antonio Rodríguez Buzón - 19 de Mayo de 1957

Teatro San Fernando de Sevilla

 

(NOTA ACLARATORIA: La grabación de audio existente del Pregón, no coincide en su totalidad con la dada en día de su exposición en el Teatro San Fernando, cuyo texto sí está íntegramente recogido aquí. Por ello, el lector no podrá disponer de la grabación, hasta bien entrado el desarrollo del mismo, donde encontrará el "magnetófono" ya conocido y donde bastará pulsar una o dos veces el play, siendo el texto el indicado en negrita.)

 

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Programa Original del Pregón

1º.- "La Giralda" (pasodoble) Juarranz

 

 

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2º.- Presentación del Pregonero por el Hermano Mayor, Don José María Domenech Romero

Dignísimas Autoridades:
Representación del Consejo General de Cofradías:
Hermanos Mayores de Hermandades de Ntra. Sra. del Rocío:
Señoras y Señores:

Hace varios días que las campanas de la iglesia Conventual de San Jacinto y las de la Parroquia, del Divino Salvador, revoletean y lanzan al aire sonidos de gloria, llamando al Pueblo de Sevilla, para que acuda a los cultos que en honor de la Blanca Paloma están celebrando las dos Hermandades sevillanas.

Esta mañana, desde bien temprano, se han lanzado cohetes en señal de que era día de regocijo y alegría y finalmente, el clásico tamborilero en las puertas de este Teatro, dan a Sevilla un ambiente especial y extraordinariamente rociero.

Pues bien, en este momento y con ese ambiente, la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla, celebra un acto trascendental y fundamental cual es el Pregón de la Blanca Paloma a cargo de un ilustre poeta sevillano.

Y decimos que es un acto trascendental y fundamental porque la Hermandad del Rocío de Sevilla, que aparentemente es joven, porque hace pocos años desde 1951, que se exterioriza como tal Hermandad, tiene antecedentes muy interesantes de antigüedad que en forma breve vamos a exponer.

El pueblo de Sevilla de siempre ha sido fervoroso devoto de Nuestra Señora del Rocío y ya en el año 1924, podemos ciertamente afirmar, que en la Parroquia del Divino Salvador se rendía culto a la Imagen de la Blanca Paloma existente en dicha Parroquia y precisamente en ese año se celebraba novena en su honor y la predicaba, el orador sagrado más codiciado de aquella época, el Padre Vázquez Camarasa.

Con estos antecedentes rocieros de Sevilla y precisamente concretados en la Parroquia del Divino Salvador, un sevillano ilustre y prestigioso, de fervoroso espirita rociero, don José Anastasio Martín, en el año 1933 fundó en la mencionada Parroquia la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla. Mas esta Hermandad no pudo cumplir su finalidad esencial cual es realizar la romería de visita anual a la Ermita de Almonte porque ni en el año de su fundación, ni en otros  posteriores, pudo conseguir el permiso eclesiástico necesario e indispensable para que de Sevilla, Parroquia del Divino Salvador, saliera dicha Hermandad en solemne y gloriosa romería. Este permiso se consiguió en el año 1951, y desde esta fecha cumple la Hermandad del Rocío de Sevilla, con todo rigor y con toda exactitud esa finalidad sustancial de todas las Hermandades Rocieras.

Ahora bien, concurren, en este acto dos circunstancias o hechos que a la Hermandad del Rocío de Sevilla, interesa hacer resaltar y son los siguientes:

La primita circunstancia es que a este acto solemne de nuestro Pregón, hayan asistido representaciones de todas las Hermandades de Nuestra Señora del Rocío de Andalucía, Provincias de Huelva, Cádiz, y Sevilla y después de dar a todas la más sincera expresión de agradecimiento, tenemos que referimos de manera especial a cuatro de ellas por las razones que vamos a exponer:

Es la primera, la Hermandad de Almonte, Hermandad Matriz que concentra en si misma todo el ambiente rociero y es la Hermandad que tiene la inmensa satisfacción y alegría, de tener a su cargo la guarda y custodia de la Blanca Paloma y además el privilegio de poder verla diariamente y rezarle y convivir directamente con Ella.

En segundo lugar citamos a la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Villamanrique de la Condesa, que aparte de ser la más antigua, después de la Hermandad Matriz, fue la madrina de esta Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla el primer año que hízo su presencia en la Ermita donde se encuentra la Blanca Paloma.

La Hermandad de Ntra. Señora del Rocío de Sanlucar de Barrameda cito en tercer lugar, porque fue la que desde niño me inspiró y me enseñó a querer a la Blanca Paloma, por cuya enseñanza y formación de cariño a la misma le viviré eternamente agradecido.

Y es por ultimo, nuestro recuerdo, para la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Triana, que en Sevilla representa la antigüedad, la solera, y el refugio de todos los rocieros sevillanos. A la misma finalidad y  a la misma labor, de esta Hermandad del Rocío de Triana, ha venido a cooperar la Hermandad del Rocío de Sevilla, pero desde el primer momento con el mayor afecto, la mayor admiración y la mejor cordialidad. Tan ostensibles han
sido estas manifestaciones de admiración, afecto y cordialidad, que la Musa  popular prontamente se apresuró a recoger estas circunstancias en la letra de una sevillana que literalmente dice así:

La Hermandad del Rocío
la Sevillana,
en calle San Jacinto,
tiene una Hermana.
Con qué embeleso,
al pasar por el Puente
le tira un beso.

La otra circunstancia concurrente en este acto, y que hay que resaltar, es que venga de Pregonero el ilustre poeta sevillano Don Antonio Rodríguez-Buzón, que después de nombrado así, ya en el terreno de la amistad le llamaremos en lo sucesivo Antonio Rodríguez-Buzón.

Nacido en Osuna, tierra que tiene corno antecedente de poeta, literato e historiador, hombre tan eminente como Don Francisco Rodríguez Marín, conocido por el Bachiller de Osuna, Antonio Rodríguez-Buzón vino a Sevilla con sus aficiones literarias y poéticas, formándose después en el ambiente sevillano y cultivando y dando a su poesía en esta Capital, toda el alma y toda la fuerza necesaria para poner de manifiesto su belleza, su hermosura y su bondad.

El Teniente de Alcalde Señor Cid Calonge, en el Pregón de Semana Santa celebrado en este mismo Teatro hace poco mas de un año, dijo todo lo que se puede decir de Rodríguez-Buzón, y fundamentalmente puso de manifiesto que la poesía de este ilustre poeta se había concentrado de manera especial en el canto a la Virgen Santísima, en las diversas manifestaciones que representan las innumerables imágenes sevillanas. Todos recordarán aún, los insuperables versos que a cada una de las imágenes dolorosos de Sevilla recitó en ese Pregón de Semana Santa, Rodríguez-Buzón, y cuyo acto deleitó al pueblo sevillano.

Rodríguez-Buzón, hombre sentimental y romántico, forzosamente había de poner sus aficiones poéticas al servicio de lo más hermoso; y nada más hermoso que la Santísima Virgen, que es Madre y es la Madre de Dios y la Madre de todos.

Rodríguez,-Buzón, después de haber cantado en su poesía a todas las Vírgenes dolorosas de Sevilla, no podía olvidar, sin duda alguna, a la Blanca Paloma, y sobre ella escribió una obra publicada con el título de "Senda Rociera".

Podéis imaginaros, con este antecedente poético de Rodríguez-Buzón, como ha de cantar a la Virgen del Rocío, que es una Virgen tan excepcional y con tales dotes de atracción y de dominio, que la Musa popular expansionando estas circunstancias y ante la admiración de la fervorosa devoción de sus Hijos, dijo en letra de una sevillana:

La Virgen del Rocío,
no es obra humana,
porque bajó del cielo
una mañana.

Por esto, puedo asegurar a todos los que me escuchan que Rodríguez-Buzón dirá de la Virgen del Rocío, algo que ninguno de los presentes podrá previamente imaginar, ya que la Blanca Paloma es una Virgen que lleva a sus Hijos la alegría, recoge las lagrimas de los ojos de sus devotos y goza de las mayores dotes de inspiración. De aquí que pueda yo asegurar anticipadamente, que todo cuanto cante en relación con la Blanca Paloma, será sublime hermoso e incomparable.

Aun cuando no sea muy adecuado en este lugar, yo no quiero prescindir de anticipar al Pregón una impresión personal mía de la fiesta del Rocío.

Ya desfilaron por las calles de Sevilla todas las dolorosos llevando a nuestro espíritu las diferentes sensaciones de dolor de las mismas. Mas llega la fiesta de Pentecostés, qué es fiesta de alegría para la Iglesia, dedicada al Espíritu Santo, y en ella se celebra la Consagración de la Iglesia Católica.

La Virgen del Rocío, alegre y sonriente por la Resurrección de su Hijo, celebra su onomástica en esta Fiesta de Pentecostés y lleva a la Ermita donde se encuentra, a todos sus Hijos fervorosos para celebrar sus cultos anuales y su festividad con toda la alegría y todo el regocijo que por esa Resurrección reina en su corazón.

Mas el Rocío, es una fiesta muy difícil de contar porque lo primero que se precisa es tener una formación y un espíritu rociero. Todo rociero al llegar a la Ermita donde se encuentra la Blanca Paloma, lo primero que hace, dejándolo todo para después, es visitar a la Santísima Virgen del Rocío. Y cuando se llega a aquella Ermita y se enfrenta el rociero con la Blanca Paloma, con su mirada baja viéndolo todo, descubriendo todos los secretos del rociero pecador, y produciendo en su corazón el temor de ese pecado y atrayéndolo para con su cariño, con su consejo y con su comunicación perdonarlo, surge esa alegría del perdón y al levantar la cabeza se admira la sonrisa bondadosa de la Blanca Paloma, que entonces le dice al rociero: ya te he perdonado y ahora lánzate por la Aldea, para disfrutar y festejarme con la alegría que yo quiero reine en el corazón de todos mis Hijos.

El rociero, durante todo el tiempo que está en la Aldea, de manera constante realiza un ir y venir a la Ermita y en cada una de esas visitas, honra a la Blanca Paloma, con un delicado rezo, con una oración propia, con una comunicación directa, de amor a la Madre.

Y llega el momento de la despedida y este es, momento de dolor, momento de lágrimas y momento de nuevo temor. Pero no es porque la Virgen del Rocío se vaya a quedar sola, porque sin duda no se queda, ya que todos los rocieros nos traemos su recuerdo, su cariño y su amor en el corazón, sino por el temor de no poderla ver personalmente al siguiente año en sus cultos y en sus fiestas, y por esto se le ruega con lágrimas en los ojos, que le conceda durante todo ese año, la salud necesaria para volver al siguiente.

Y es precisamente por esto, por lo que yo pido a la Blanca Paloma, Antonio Rodríguez-Buzón, que te ilumine e inspire aun más para la grandeza de este Pregón, ya que pregonar es poner en conocimiento de los demás aquellas cosas de la Blanca Paloma que no se conozcan o ignoren y son muchas cosas y muchos secretos los que tiene el Rocío, que no se conocen y que es necesario divulgar.

Y me despido de tí, ilustre pregonero con los gritos clásicos y fundamentales del Rocío:

¡¡Viva la Virgen del Rocío!!
¡¡Viva la Blanca Paloma!!
¡¡ Viva la Reina de las Marismas!!

Y por ultimo, con el grito de mayor fervor, de mayor significación y de mayor admiración que por millares de personas se pronuncia ante la Blanca Paloma y si bien se trata de un grito que en boca de persona culta y preparada religiosamente, no tiene más importancia ni más significación que la expresión religiosa de su catolicismo, resulta desgarrador, cuando lo pronuncia esa masa de personas de no muy sólida formación religiosa y sin la cultura suficiente para comprender toda la doctrina y todos tos misterios de nuestra Religión, pero que al enfrentarse con la Virgen del Rocío, ésta hace que comprendan y proclamen momento tan fundamental de nuestra Religión, diciendo:

¡¡ Viva la, Madre de Dios!!

He dicho.

La Hermandad del Rocío de Sevilla, por ser tu el primer Pregonero de la Blanca Paloma, en acto celebrado por esta Hermandad, te ha nombrado Hermano de Honor de la misma, y antes de dar comienzo a tu Pregón, tengo el honor de imponerte, la Medalla de la Santísima Virgen del Rocío de esta Hermandad, como corroboración a dicho nombramiento.


José Mª. Domenech Romero

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3º.-  "Sevilla" Albeniz


 

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4º.- Pregón del Rocio por el Señor D. Antonio Rodríguez-Buzón

 

Dedicatoria:
Como respetuosa y emocionada ofrenda, a
la augusta Paternidad de nuestro amadísimo
Prelado, Dr. D. José Mª. Bueno Monreal

Desde aquí, Madre mía, como desde todo lugar donde yo invoque tu bendito nombre, vaya por delante, como mensaje encendido de mi más profunda alegría, esta incontenible salutación rociera:

¡Viva la Blanca Paloma!
¡Viva la Madre de Dios!
¡Viva la Reina de la Marismas!

Y una vez cumplimentada así, en tan breve como jubiloso exordio; así de sencilla, de devota y de sevillanísimamente la Soberana Reina de los Cielos, y después de agradecer con toda la intensidad de mi gratitud las tan cariñosas como elocuentes frases de elogio que en mi presentación acaba de pronunciar el Sr. Domenech y Romero, como asimismo, la gentil invitación de que fui objeto en su día, por parte de la Hermandad del Rocío del Salvador, para intervenir en este acto. Y después también de agradecer la excesiva delicadeza de esta medalla de la Stma. Virgen que me acaba de ser impuesta; y de dirigir un tan cordial como emocionado saludo a la Ilustre Hermandad del Rocío de Triana, daré comienzo. Dignísimas Autoridades y Representaciones; Señoras y Señores, a esta modesta disertación, carente en absoluto de valor literario alguno, pero que intenta ser como una imaginativa y anticipada peregrinación romera, portadora de nuestro más puro entusiasmo, hasta las puertas mismas de la Ermita Almonteña. Hasta las puertas mismas de esa Ermita Almonteña, donde vamos a dejar postrado el rendido tributo de nuestro más profundo amor y nuestra renovada protestación de fieles roderos, como oración tejida con temblorosas lágrimas que quieren cantar y ensalzar una vez más, a la Virgen bendita del Rocío.

Y vamos a ir hasta Ella, en ruego y suplicare que otra vez nos sea concedida la gracia y la gloria de poder acompañarla en los días de su ya próxima Romería, como peregrinos caminantes junto a la carreta portadora de la Insignia mariana por excelencia; junto a la carreta portadora de ese Simpecado, sobre cuyo terciopelo sólo consiguen bordar, los hilos del mejor amor que albergar puede el corazón humano.

Y allá iremos todos, sin posibles distingos —ya que lo contrario resultaría inexplicable bajo su bendita maternidad— para así ofrecerle nuestro invariable entusiasmo de hijos fidelísimos y para de esta forma dar un rotundo mentís, a todos aquellos que buscan medrar, inventando diferencias, que jamás pueden ni deben existir en las cosas divinas.

Sí; allá iremos todos juntos y apretadamente y permita el cielo, que lleguen hasta allí un día, Hermandades representativas de todos los barrios de nuestra ciudad, para así sustituir, las estrellas de oro material que rematan su corana, por tantos otros mensajes de fervorosa y encendida devoción sevillana.

Que la Patrona de Almonte
de la marisma Señora,
espera hora por hora
las almas de llano y monte;
que asomada, al horizonte,
su brújula nunca engaña,
aunque la vista se empaña
sobre el verdor de la loma,
al ver la Blanca Paloma
¡la más bonita de España!

A quien canta mi canción
y el aire y la luz le canta,
escalando la garganta
una sentida oración.
A quien grita el corazón
¡Fuente de dulce armonía!
ensalzándola a porfía
la flor, la arena y el río,
como bendito Rocío
que enciende nuestra alegría.

Un día; una de las más ilustres voces sacerdotales de Sevilla, se alzó vibrante y decidida en una Asamblea celebrada en nuestra Santa, Metropolitana y Patriarcal iglesia Catedral, para mostrar su extrañeza, ante el hecho, de que en la Letanía Lauretana, ese maravilloso poema que cierra la universal devoción de! Santo Rosario, no existiese una invocación dedicada a la Madre Dolorosa.

Realmente, resultará siempre inexplicable, que la Reina de los Cielos con su corazón traspasado por el puñal agudísimo de la Pasión del Hijo, no sea suplicada en ella; pero no lo es menos, sevillanos y rocieros que me escucháis, el que tampoco sea suplicada la Blanca Paloma, como Rocío celestial de nuestras almas. Por eso deberíamos pedir a la jerarquía eclesiástica correspondiente, el que como concesión especial para esta tierra que de tantas y tan gloriosas gracias y privilegios goza, y que de tantas y tan especiales prerrogativas disfruta y disfrutó siempre, le sea otorgado, el incluir esta invocación que le cante y ruegue, con ritmo de crótalos divinos y con ecos acariciantes de alegres sevillanas, le esta forma tan jubilosa como llena de fervor sevillanísimo:

¡Rocío bendito del Cielo!
¡Ora Pro nobis!

Así debemos rogarlo, porque es tal la fuerza desbordante y arrolladora que en nuestra tierra tiene Ía devoción hacia la Blanca Paloma, que hasta el seno mismo de sus cofradías—exponente máximo de su sentir religioso— acaba de llegar, como un nuevo reflejo, como un nuevo camino, como una nueva oración estremecida, como un nuevo impulso de fe, como un nuevo grito de esperanza y como un nuevo eslabón que engarzar en esa su eterna y deliciosa letanía mariana, la luminosa advocación del Rocío Doloroso.

Y así debemos pedirlo también, para ungir nuestros labios de bendita armonía, para ensanchar nuestros pechos de goce celestial, y para ofrecerlo como filial homenaje a la Reina de la marisma, porque:

La Reina de la marisma
es Pastora y Aldeana.
Tiene la cara morena,
tiene la frente inclinada,
tiene la boca fruncida,
tiene la sonrisa clara,
tiene el cutis de azucena,
tiene el rostrillo de plata,
y está mirando hacia todo,
y está sin mirar a nada.
La Reina de la marisma,
Madre de Dios Soberana,
tiene al decir de la copla
—ademas de ser tan guapa—
un tipo de buena moza,
que encajes y enaguas, blancas
por abajo se le ven,
y por arriba engarzadas,
las perlas de los collares
rodeando su garganta.
La Reina de la marisma,
bendita Azucena Blanca,
es una bandera al viento
de alegría y de esperanza,
entre la Ermita y el Cielo
dulcemente desplegada,
y es un rosal escondido
de indefinible fragancia,
que su flor abre en Almonte
con la rosa de su cara
y su profunda raíz
esta por siempre clavada,
en todos los corazones
de esta ciudad mariana.

Y esas raíces—repito—están arraigadas en lo mejor y más fértil de nuestra tierra, porque la Virgen del Rocío, por razones de proximidad, de fervor, de aparición y de patronazgo, reina por igual, a mitades justas y exactas—en el más alto y purísimo concepto del reinar—en tierras de Almonte la onubense, y en tierras de nuestro sevillanísimo Villamanrique; y si Huelva a sus pies vuelca cada día su oración más ferviente y emocionada, Sevilla también ofrece constantemente a las augustas plantas de la Blanca Paloma, su mejor y más estremecida súplica. Si Huelva acude hasta su Ermita, con su lujosa y tradicional Hermandad y el complemento desbordado de sus pueblos viñadores y luminosos, también Sevilla lleva hasta sus mismas puertas, la entusiasta duplicidad de sus dos Hermandades y la peregrina devoción de sus pueblos mejores.

Que si Ella está allí, donde la marisma sueña hacerse tierra del Condado, también está sin variación posible, donde el Aljarafe deja de serlo, para convertirse en sueño de dorada marisma.

Por eso, tanto en uno como en otro lugar, se le pide y canta con las mismas palabras y canciones; por eso se le reza y da gracias, con el mismo llanto y las mismas oraciones; por eso se le obsequia con la misma flor y la misma cera; por eso se le festeja y aclama con la misma voz y con el mismo baile; por eso se le ensalza con el mismo requiebro y la misma alabanza, y por eso también se le eleva y pasea, con entusiasmo delirante, por el aire multicolor de cada nueva primavera, llena de gritos y de súplicas; de sol y de alegría; de lágrimas y suspiros, con la fuerza, la pujanza, la tenacidad y el amor, de un mismo espíritu, de una misma sangre y de un solo corazón.

Así, porque:

Para esta Soberana
cada pecho es un altar
y todos los hombros, mar
de tan bella Capitana;
el aire todo, campana
para repicar su historia,
su justa fama, victoria
de amor, de gracia y consuelo,
su nombre, nombre de cielo;
su cara, cara de gloria.
Que ya lo dice el cantar
y el mundo entero lo dice;
que toda voz le bendice
en un constante aclamar;
que toda planta al brotar
sueña su flor para Ella;
que no hay lucero ni estrella
con reflejo tan divino,
ni existe mejor camino
ni existe Virgen más bella.

La explicación de la tan amplia como decidida participación que Sevilla tiene en .esta indescriptible manifestación romera, la hallará fácilmente el que desee buscarla, porque Sevilla -¡entérense bien y de una vez, los pobres de intención y los tristes de espíritu!- sólo conoce el camino de la alegría para llegar a Dios íntegramente, y par eso busca este del Rocío, que es además uno de los mas firmes y seguros para ello. Y busca este camino, que cruza mientras reza cantando y canta llorando,-igual que hace ante la contemplación de la Virgen Macarena, o cuando en silencio escucha el alto y musical repique de la Giralda, o cuando percibe inesperadamente un arranque por «soleares» o cuando tropieza con un gesto o una simple mirada, donde sin decir nada, acaba de ser dicho cuanto quería decirse, o bien, cuando a la evocación de su vuelo fresa y gualda, nos retrotraemos, a la perfecta armonía de un lance repujado sobre la pequeña y redonda marisma de nuestra Maestranza por las inolvidables manos de cualquier maestro de la genialidad auténtica.

Y ello ocurre, como antes os decía, porque el sevillano sabe y nunca olvida que los caminos por donde Se va con la Virgen, son caminos que desembocan necesariamente, en la puerta misma de los Cielos.

De ahí, que Sevilla, el pueblo de la alegría por excelencia; el pueblo con mejor sentido del goce; el pueblo con mayor capacidad para el júbilo máximo sea paradójicamente, el pueblo de la más impresionante expresión penitencial, y el de la mas honda y profunda preparación para la muerte. Y esto ocurre, porque sabe perfectamente, que la vida. terrena apenas si vale el trabajo de vivirse, si no es como preparación y camino, para alcanzar aquella otra —la única verdadera- para lo que siempre se halla dispuesto, aunque ello parezca un poco extraño en apariencias.

Mas analizad; analizad un poco detenidamente, y veréis como ello constituye una verdad indiscutible. Una verdad innegable, porque el sevillano, es sin duda todo risueña alegría hacia afuera, pero también íntegramente meditativo y frío hacia el interior, causa por la cual, nunca tiene necesidad de pedir ni clamar aplazamientos a la divina voluntad del Creador, cuando es llegada la hora final de su existencia. Nunca, porque gracias a ese temperamento, supo recorrer el camino de sus días, sin abandono y olvido de su propio existir, pero sin lanzarse tampoco, a ese vértigo sobre el que rueda el mundo actual, sin destino fijo ni determinado.

Con ese sentido de la precisión exacta de su cante, todo solemne armonía; de sus palmas, musical medida del mismo compás; de su baile, todo ritmo majestuoso; de su poesía, toda luz y soledad estética; de su mismo caminar pausado y meditativo por las calles y plazas de la ciudad, y de la forma de marchar a la Romería: En carretas; en carretas, que es sin duda, la mejor forma de extender hasta el máximo, ese tan maravilloso como indescriptible homenaje a la Madre de Dios. Sin prisa; sin prisa alguna, porque bien sabe, sin necesidad de que nadie venga a descubrírselo, que todo lo auténticamente digno de vivirse sobre la tierra, queda siempre, con toda su absoluta integridad, bajo la esfera azul del aire de esta Sevilla incomparable, soplo de Dios y tierra única de María Santísima.

Y porque ía romería almonteña es sin duda trasunto y parte de esa misma Sevilla, desconfiad, hermanos en el amor a la Virgen Santísima, de todos aquellos desconocedores de nuestra íntegra verdad espiritual —y por tantos posibles detractores— que vengan hablándoos de todo ese cúmulo de imperfecciones, falta de religiosidad, y casi actos de profanación que vieron en el Rocío. De todas sus muchas dificultades e inconvenientes. De todo lo malo que entraña la Romería.

Sí, desconfiad y guardaos de ellos, porque si tal allí vieron, fue, porque eran sus propios portadores; porque sólo eso. allí buscaban, y porque sólo supieron mirar a ras de suelo.

Jamás nada de eso, pudieron, ni podrán nunca encontrar por toda la dorada plenitud de !a marisma inmensa, aquellos que con los ojos llenos de gloria presentida y nublados por una bendita y constante emoción, llevan por brújula, la limpieza de alma, por mensaje, una salve constante a flor de labios, y por misión única, el ofrendar su vida entera, a la que por ser Reina de los Cielos, es Madre de Dios y Madre nuestra: La Virgen más bonita, más humilde, más Soberana y más deslumbrante entre todas las Vírgenes del mundo: ¡La Virgen del Rocío! ¡La Blanca Paloma! La Reina bendita de la Marisma!
 

En una clara y fragante mañana de cada nueva primavera, y cuando acaba de ser ofrecido a la Virgen el delicado presente de unos cultos solemnísimos, con los que tradicionalmente vivifican y robustecen su fervor mariano todos los buenos rocieros de Sevilla, se inicia el campestre peregrinar de la universal Romería.

Bulle y rebulle la ciudad entera desde el amanecer, y una vez celebrada la Misa de romeros, comienza la organización definitiva. Momentos después,
todo está en marcha.

Pocos cuadros de mayor fuerza expresiva. Pocas manifestaciones de más encendido entusiasmo. Pocas devociones de más acendrado sevillanismo, que esta de la Romería rociera.

Y permitidme, que llegado este punto, tenga que recurrir nuevamente a la expresión poemática, para poder así, reflejar más fiel y concretamente, el color múltiple, la fuerza emotiva y el perfil profundamente religioso de esta mañana única, evocando aquel poema que canta, al sentirse el corazón ya viejo romero y hoy espectador tan solo en la partida, frente a la compañera amada, ayer también romera luminosa:

 

 

Florecer de encajes blancos
en carretas encaladas;
repicar de castañuelas
y ritmo de sevillanas;
jinetes de romería
con sus chaquetillas blancas;
colgaduras, en los balcones
floridos de la mañana.

¡Las campanas!
Las campanas de Sevilla
tiene prendidas del alma,
una alegría que refluye
de sus cadencias metálicas
y que escapa por el aire
entre vivas resonancias,
camino de la marisma
en la mañana azulada.
¡Allí vienen!
¡allí vienen los romeros
y la carreta de plata!
¿Por qué no vienes, amor mío,
a ver la Flor de la Gracia?

Yo te llevaré a la grupa
de mi jaquita castaña,
de día los dos bailaremos
por bulerías gitanas,
y de noche contaremos
todas las estrellas blancas,
mirándonos en la luna
como en espejo de plata.
Y yo velaré tu sueño
más tarde, cuando cansada,
se cierren tus verdes ojos
y en tu boquita de nácar,
deshojes como oración
estas sentidas palabras:

¿Por qué nunca me trajiste,
para sentir en la noche
de olivares y tomillos
la intensa y fragante aroma?
¿Por qué nunca me trajiste
a ver la Blanca Paloma?

Y allá fuimos...
Hoy es sólo un recuerdo
la luz de aquella mañana,
recuerdo tus verdes ojos,
y tu, boquita de nácar
y tu traje de volantes
lleno de lunares granas,
abrazada a mi cintura
sobre mi jaca castaña,
camino de la marisma
en la mañana azulada.


Aquellas horas se fueron,
igual que un sueño de badas,
viendo salir las carretas
nuevamente esta mañana,
nos miramos a los ojos,
y tu, como yo, ¡llorabas!



Y sigue el desfile. Sigue el destile y todo va pasando, como un águila monumental, que con sus alas inmensas, arrastrase nuestros recuerdos, nuestros sentires y nuestra vida misma.

Y pasan los caballistas,
y las amazonas pasan,
y pasa el cante risueño
repicando en la garganta,
y pasan los estandartes
y banderas desplegadas,
y cruzan raudos cohetes
que el aire tibio engalanan,
y hay un crujir de carretas
que pausadamente avanzan.

Y pasa aquel confundirse .
los gritos con ¡as palabras,
y el júbilo desbordado
que suplica y ríe y canta,
y pasa también la lluvia
de flores rojas y blancas,
que lo mismo que oraciones
de los balcones derraman;
y pasa entre el entusiasmo
de la fe más pura y santa,
los bueyes enjaezados
con sus frontiles de plata,
y pasa como el suspiro
y como el recuerdo pasa,
toda la luz de Sevilla
sostenida por las alas,
de la copla que le reza
y el corazón que le aclama.

 

 


Después de cruzar el camino bajo días abiertos a la nueva luz, con el trinar unánime del pájaro y el eterno susurro del agua cristalina; con la creciente ilusión de la próxima llegada, y con la celebración de la Santa Misa, bajo la mirada fija de los cielos. De días, digo, festoneados de coplas y de palmas y clausurados siempre con el rezo conjunto del Santo Rosario. Y también, bajo noches de majestuosa serenidad azul, de canciones quebradas en las aristas de su propio quejido, y de guitarras heridas por manos temblorosas. De días y de noches, con la sangre henchida de benditas ilusiones, que terminan por dejarnos anclados, en ¡a plena inmensidad de la marisma.

Sí, ya estamos de nuevo en el Rocío, y ya comenzamos a sentirlo todo angelizado ante nuestra mirada, y todo divinizado a nuestro alrededor.

Ya hacen su entrada las Hermandades en perfecto orden, y ya se acerca la deslumbrante caravana peregrina, con su colorido único, con su palpitación incontenida, con sus oraciones temblorosas, con sus lágrimas irreprimibles.

Ya llegan los romeros hasta la puerta misma de la Ermita, con su constante clamor, saludando a la Reina bendita, y ya comenzamos a sentir, cómo la vida se ha quedado como olvidada atrás, casi a nuestras espaldas, y a percibir bajo el pecho, el latido de ese nuevo corazón que el cielo nos regala cada vez que hasta allí nos acercamos, y con el cual únicamente podríamos resistir como resistimos, la sorprendente impresión de aquel cuadro asombroso de las ofrendas llenas de ternura emocionada, en pago de las gracias recibidas, y de aquellas peticiones acuciantes, del padre que clama por el hijo, del hijo que suplica por el padre, del pecho transido por la pena, del rostro abatido por el dolor, de la ilusión tronchada, del espíritu mortificado, del sueno irrealizable, del alma en peligro, de la vida insostenible, de la luz sin camino, y del camino sin solución posible. Aquellas, escenas desgarradoras, de manos en eras áe cuerpos arrodillados, de, sombras caminantes, de suspiros y de corazones deshechos, que allí, y únicamente allí, tienen la seguridad de recibir el impulso, el aliento, el bálsamo y la fuerza suficiente, para poder seguir caminando por este valle de lágrimas, a través del milagro certísimo, de aquella mirada llena del dulzura, llena de amor y llena de misericordia, para todo el afligido que hasta sus plantas llegue, en demanda de alivio y de consuelo.

Después, el ocaso de aquella tarde, donde, el oro menudo, como pulverizado en el aire, va convirtiéndose en plata diluida, en pétalos deshechos de dormida rosa, y en sueño azul, de mar cercano y próximo.

 

 

El Domingo de Pentecostés a continuación, por cuya luz nos parece adivinar el descenso repetido, blanquísimo y luminoso del Espíritu Santo, sobre aquellos millares de limpios corazones allí congregados, bajo el pleno sol que invade la marisma.

El Rosario más tarde, que viene a ser, como centro y médula de aquella desbordante y conmovedora afirmación cristiana, y que nos trae una y otra
vez z la memoria, aquella acertadísima definición de .Melonares: «Noria maravillosa, cuyos canjilones van como extrayendo, el agua más pura de la gracia».

En efecto, constituyen una noria humana, y maravillosa, aquellas interminables filas de romeros que caminan pausada y estremecidamente, confundiéndose unos con otros, en aquel policromo e indescriptible oleaje de insignias, banderas, y luminarias, y que acalla sevillanas y ritmos populares, tras una milagrosa y sorprendente transformación, en que todo lo profano queda. eclipsado por el resplandor sublime de la más suprema alegría mariana, y que crece y crece cada vez más, con las notas del Avemaría, allí entonada en múltiples formas y giros musicales.

A su paso por la residencia de cada Hermandad, surgen los más varios artísticos y evocadores fuegos de artificio, que con sus luminosas cascadas y caprichosas constelaciones, prestan al desfile un aspecto tan fantástico como deslumbrante, mientras juegan ¡as sombras sobre los horizontes iluminados, y

Hace de la noche día
aquel bendito Rosario,
y surge una letanía
que pone miel en los labios,
sobre cada Avemaría.

 Que pone en los labios miel
y acaricia la memoria,
y va, dejando también
sobre cada nuevo gloria,
rosas benditas de thé.

Y así, entre miel y flor
el espíritu se arroba
y del mismo corazón,
para la Blanca Paloma
brota esta nueva canción:
A Tí, Virgen, del Rocío,
Fuente del más puro amor;
A Ti, Estrella en el río
de mi más vivo fervor;
A Tí paloma que eres
recreo y delicia de Dios,
yo entono esta letanía
brotada del corazón.
que te grita, Madre mía,
con la sangre y con la voz,
Reina de monte y marisma,
entre flores, la mejor,
del cristal, la transparencia,
de la prudencia, el candor,
de la nieve, la blancura,
de la aurora, el resplandor,
del agua, la leve espuma
y del sueno, la ilusión.

Que te grita, y te repite
Blanca Paloma de Amor,
que Tu eres la más Hermosa
Joya de la creación,
Compás sobre la armonía,
Música del ruiseñor,
Suma de toda belleza
Primavera en eclosión


Aroma del mismo cielo,
Surco de gloria y pasión,
Bandera de Andalucía
y de Andalucía, su sol.

Y sigue y sigue cantando
mientras que te canto yo,
tu frente de nardo vi rosa,
tu boca de brisa y flor,
tus manos jazmín y cera,
tu mejilla y tu rubor,
el vaso de tu garganta
rebosante de dulzor,
el temblor de tu sonrisa
—vuelo, caricia y primor—
y el Rocío de tu nombre
que brota como un clamor,
de la raíz, de la entraña
al borde del corazón..
 

La letanía de Tu nombre
que ángeles de dos en dos,
suben u bajan del cielo
cual luminoso blasón,
y lo dejan extendido
sobre el llano y el alcor,
para delicia del alma,
y celestial bendición.
 

Y todo sigue cantándote
interminable canción,
que sólo rompe este grito
con él que te grito yo:
¡Viva la Blanca Paloma!
¡ Viva la Madre de Dios!

 

 

 

Las misas, después, en la madrugada del lunes. Estampa única—quiero repetirlo—donde todo lo andaluz queda sostenido sobre el difícil punto de lo exacto, y donde el corazón flota sobre el difícil equilibrio de lo perfecto, y donde ni el traje campero, ni el vestido de faralaes, ni el rezo del sacerdote confundido con el de una Salve aquí y un Rosario allá, ni las aclamaciones estruendosas surgidas desde cualquier lugar de la Ermita, ni la presencia inesperada de cualquier Hermandad irrumpiendo de pronto con sus insignias, sus cánticos, y sus coros musicales, ni el acorde flamenco de las coplas religiosas, ni los gritos enfervorizados, ni las palmas aclamatorias tienen el menor destello de irreverencia. Y ello es así, porque ese corazón que allí se nos regala y a que antes aludía, nos hace limpios, perfectos y entrañablemente fraternos, hermanándonos con ángeles y serafines en esa maravillosa e inefable, no sabremos nunca, si Andalucía en fiesta de cielo, o Cielo en fiesta de Andalucía, para así entonar un himno de eternas alabanzas, a la que por ser Madre de Dios y Rocío de los Cielos, es causa de nuestra mejor, más íntima y más profunda alegría espiritual.

Después, un amanecer siempre tejido con hebras malvas de un soñado Viernes Santo sevillano, sobre eÍ bastidor levísimo de un rosado crepúsculo otoñal, y como colofón, la procesión indescriptible. Algo, que puede parecer simple primitivismo aparentemente, pero que bien analizado, viene a ser, lo más puro y definitivo de la sin par Romería. Algo, que nos hace llorar de todo corazón, cuando oímos comentar a aquellos mozos del lugar, que qué les importa perder vestido, piel y vida, sí salvan su alma, y que nos eleva a desconocidas alturas, cuando bajo la dulce mirada de aquella Blanca Paloma, llegamos también a sentirnos nosotros hombres rudos de corazón sencillo, que apenas si sabemos otra cosa que no sea balbucir como niños, y gritarle sin descanso posible, vivas y alabanzas a la Reina Celestial. Que nos hace balbucir y gritar sin descanso posible, entre aquella multitud estremecida y enfervorizada, mientras nos parece ver:

Que la Gloria abre sus puertas
y basta la marisma baja,
y la Virgen del Rocío,
la Pastora y Aldeana,
navega sobre las olas
de la celeste esperanza.
Que descienden serafines
batiendo sus leves alas;
que la sostienen los ángeles
sobre luz divinizada;
que un arcángel frente al «paso»
mueve el timón de su gracia;
que el aire se hace más puro
y más azul la mañana;
que la Salve es un requiebro
y una súplica la lágrima;
que la copla tiene ecos
de oración sublime y santa;
que la arena se hace nube
y música la espadaña;
que el suspiro es un vibrar
de indefinible fragancia;
que el amor hecho cadencia
le canta por sevillanas;
que su rostro es de jazmín
con sonrisa limpia y clara;
que sus manos son dos pétalos
mas transparentes que el agua,
y que la Virgen bendita
nos besa con su mirada,
y con su manto nos cubre
al oír nuestras plegarias.


¡Que sí!
Que la Gloria abre sus puertas
y hasta la marisma baja,
y hecha suspiro de sol,
y hecha caricia de plata,
y hecha jardín infinito,
y hecha eterna resonancia,
y hecha bendito camino,
y hecha caricia y cascada,
nos ilumina la sangre
y nos purifica el alma,
mientras el corazón grita
haciendo flor la palabras
¡Viva la Reina de Almonte!
¡Viva su bendita gracia!

 

 


Por todo ello, debemos convenir, que no existe manifestación religiosa con más decidida vocación celestial, que esta de la Romería Almonteña; que esta Romería, que busca elevación divina, con su rosario navegador en el mar azul de ía noche infinita, con sus plegarias y súplicas encendidas; con sus promesas impresionantes; con sus increíbles penitencias; con su inesquivable y total entrega de amor; con su inenarrable y conmovedora alegría procesional, con todas sus criaturas cinceladoras de la más auténtica gallardía y con toda esa majestad, grandeza y señorío, que jamás busca otra sucesión, que la de su propia eternidad.

Allí, se alaba continuamente a Dios; y se alaba, de la forma que más gratamente a sus ojos puede ser alabado; a través de la Madre Santísima, la Reina bendita de la Marisma.

Y la alaban unánimemente personas y cosas, en una especie de maravillosa e incalculable Letanía de amaneceres y ocasos; de estrellas y luceros; de jaras y romeros; de árbol y sombra; de sol y horizonte; de brisa y agua; de jubilosos ecos, 'y de inacabables aleluyas, que glorían el Rocío, entonando a su Blanca Paloma, como un nuevo Magníficat de entrañable ternura andaluza.

De ahí, que encontremos siempre tan cerca del Rocío la Puerta de los Cielos, en esa especie de milagro anualmente repetido, para nuestro goce más íntimo y espiritual; para nuestra mejor alegría; para nuestra gloria más pura que se repite ya, en rosario de siglos, como homenaje a esa Madre de Dios, que hecha suave rocío de los Cielos, descendió hasta la llanura de esa marisma deslumbrante de aire luminoso, para' convertirse en bálsamo de nuestro dolor, en consuelo de nuestra pena, y en campana siempre en vuelo de júbilo indescriptible.

Así, hasta que por último, verificada ya la ofrenda de nuestro más profundo y encendido amor a través de ese peregrinar portador del más entrañable entusiasmo; realizada esa manifestación estremecida e incontenible de nuestro más intimo y hondo fervor desbordado; ultimada esa oración delirante sin descripción posible; renovada esa protestación de fe inigualable y de viva esperanza inextinguible; repetido en igual marco y con exacta paleta  de colores únicos, las múltiples estampas de esa expresión romera sin parangón posible; purificada nuestra sangre pecadora, y estremecidas las fibras más secretas y sensibles de nuestro espíritu, el corazón triste y desalentado, comienza a percibir, cómo todo aquello termina nuevamente, y cómo comienza a organizarse eí regreso una vez más.

 

 

Así también nosotros, ahora, vamos a realizar nuestro retorno imaginativo, alejándonos también de aquel bendito lugar, con el corazón lleno de pena y los ojos arrasados de lágrimas sinceras, que irán entonando esta última canción de despedida, a la Blanca Paloma.


La Reina de la Marisma
no se queda nunca sola;
aunque vuelvan los romeros
aunque se apaguen las horas
en el callado recinto
donde su belleza mora,
sin una oración siquiera,
sin el trinar de la alondra,
sin una ultima voz,
de la que a sus plantas llora,
sin una salve que vuele
igual que una mariposa,
para cantarle al oído
¡Madre de Misericordia!
sin un eco que le grite:
¡Viva la Blanca Paloma!
sin un reflejo que en llanto
multiplique su corona;
sin una vela encendida
consumiendo gota a gota.
la suplica o la promesa
de cualquier alma devota;
sin un repique a los aires,
sin el suspiro que brota
cuando el corazón la mira
y la sangre se trastorna;
sin un aliento siquiera
sin el giro de una copla
que ¡Madre de Dios! la llame
ni le diga ¡Madre Hermosa!


La Reina de la Marisma
no se queda nunca sola,
porque en nosotros está
como en el rosal la rosa,
como la rama en el árbol,
como la luz en la aurora,
como el agua en el arroyo,
como el silencio en la sombra,
como el amor y el suspiro,
como la flor y el aroma,
como dos manos amigas,
como almas que se adoran.
La Reina de la Marisma
Rocío, caricia y cascada,
gloria bendita hecha flor,
Lucero y Rosa temprana,
no se encuentra nunca sola
porque con Ella enlajada,
nuestro corazón se queda,
y sus pies, arrodillada,
está siempre nuestra sangre
nuestra salve emocionada,
nuestro fervor hecho suplica,
nuestra constante mirada,
nuestra frente estremecida,
nuestro sueño y nuestras ansias,
nuestro piropo hecho música
por ritmo de sevillanas,
nuestras manos temblorosas
hacia su altar elevadas,
nuestro dolor y alegría
siempre a Ella consagrada,
nuestro corazón entero,
y entera nuestras entrañas.


La Reina de la Marisma
está siempre acompañada
por crótalos de la brisa,
por un sueño de guitarra,
por los labios que le piden
suplicándole a distancia,
por el olor de los pinos,
por el croar de las ranas,
por los que rezan su nombre,
por los que su nombre cantan,
por la jara y el tomillo
por el suspiro con alas,
por el fandango de Huelva
tejido con son de plata,
por los gritos sin sonidos,
por los versos sin palabras,
por las flores que suspiran
bajo el latido del agua
por la oración encendida
que suplica iluminada,
por la lágrima en silencio,
por la campana olvidada,
por aquel que la adivina
tras la marisma dorada,
¡por todo el que la bendice
y por todo el que la aclama!


La Reina de la Marisma,
está siempre acompañada,
con un Niño entre los brazos
que es el Sol de la mañana,
que es Lucero de la tarde,
que es atardecer y es alba,
y es Dios hecho Pastorcito
porque así quiere ayudarla,
guardando uno por uno
el rebaño de las almas,
que hasta la Ermita de Almonte,
llega a postrarse a sus plantas.


Por eso nunca está sola
aquella Rosa Temprana;
aunque lo diga la gente
aunque la copla lo canta.
¡La Reina de la Marisma
está siempre acompañada!


HE DICHO



 

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Himno Nacional