LIV PREGÓN DE LA HERMANDAD DEL ROCÍO DE SEVILLA

JOAQUÍN SALAZAR ANGLADA - 7 de Mayo del 2010

 

 

PRESENTACIÓN DEL PREGONERO POR D. JOSÉ DÍAZ GONZÁLEZ, Pregonero del 2009

 

 

 

TOQUE DEL ALBA - Manuel León

 

 

 

 

 

PREGÓN DEL ROCÍO

 

 

 

Hoy vengo a hablarte Rocío,

como nunca lo hice antes.

Y aunque Tú sabes mi historia,

aunque nada hay que contarte,

al niño que fui hace años

hoy quisiera recordarte.

Y desandando mis pasos

quiero andar por el recuerdo,

y de esa alcoba del alma,

donde duerme el sentimiento,

abrir su puerta dormida,

sacar de paseo los sueños,

por el carril imposible

de la memoria y del tiempo.

 

 

Con el rumor de la fuente

que adormece los naranjos,

de la mano de mi madre

vine a parar a ese patio;

donde mis primeros juegos,

donde mi primer ensayo,

donde ajeno a Tu Mirada

diera mis primeros pasos

detrás de aquella afición,

que no abarcaban mis manos.

Que aquella funda de tela,

que se estilaba de cuadros,

guardaba aquella ilusión

que fue mi mejor regalo.

 

 

Yo no se si Tu te acuerdas,

ya nos habían presentado.

Fue un viernes de madrugada,

por las calles de mi barrio;

que al compás de bambalinas

en la mecida de un palio,

quise compartir tu pena,

y desde entonces mis labios

te llamaron Macarena.

Y han pasado treinta años

que yo escuchara a aquel hombre

desde este mismo escenario.

Fue mi primera emoción,

y fue la puesta de largo

de unas lagrimas de fe,

de un sentimiento temprano.

Yo quise ser rociero

aquella noche de Mayo...

aquel hombre es Pepe Díaz

y ahora se sienta a mi lado.

 

 

Y desde entonces, ¡Rocío!,

Siempre guiando mis pasos;

siempre presente en mi vida;

fuiste testigo de tanto...

De mi primera alegría,

de mi primer desengaño.

De que fueron rocieros

mis primeros Reyes Magos.

De aquellos tiempos de estudio

en colegio franciscano.

De mis primeros caminos,

que solo se hacían a ratos:

mi madre que si los libros...

mi padre que si me enfado...

De aquella primera noche

de candela en el Palacio,

y de aquella otra candela

de una marcha de verano.

De mi bautizo en el Quema,

de mis primeros abrazos,

de mi gorrilla campera

igual que la de mi hermano,

de su voz junto a la mía...

“mi madre y yo lo plantamos”.

De mi primera oración,

mirando Tu Simpecao

y de mi primer acorde

acompañando un rosario;

de nervios de sacristía,

de aquellos dedos temblando

antes de aquel primer solo

en una misa del gallo;

mi primer doce de octubre;

mi primera noche en blanco

soñando un Lope de Vega

que brindaba su escenario

al primer coro de niños

que con gracia Te cantaron.

Todo aquello esta tan lejos,

y hoy lo encuentro tan cercano,

que aunque parezca de locos,

que aunque Te parezca extraño,

otra vez ha vuelto el niño,

y otra vez ha vuelto al patio.

 

 

Y viene con el piropo

que antes nunca Te dijera,

que eres Reina en la Rocina

igual que en la tierra entera

que eres Puerta de la Gloria

y consuelo de sus penas,

que de todas las mujeres

Tu eres la mujer Primera

porque eres Madre de Dios,

y Pastora Marismeña.

Que el niño, loco de amor,

por esa guapa almonteña,

sabe que no es obra humana

porque lo dijo un poeta;

que no ha nacido una flor,

que encierre tanta belleza,

como ese rostro divino,

crisol de vida y pureza;

que en Ti pone su ilusión

igual que su vida entera;

que no es sangre, sino amor,

lo que corre por sus venas;

que siente celos del aire

que da en tu cara morena.

 

 

Que pronunciando tu nombre,

que hoy teniéndote tan cerca,

yo ya no se si es el hombre

o el niño el que se embelesa;

si es el hombre el que pregona

o es el niño el que te reza;

que las huellas de los dos

ahondaron la misma arena,

y el niño se ha hecho mayor

y hoy pregona tu grandeza

para decirle a Sevilla

que se le acabo la espera,

y que otra vez, Madre Mía,

con aires de primavera

¡¡Sevilla sale a tu encuentro,

y se viste de romera¡¡

 

 

 

Reverendo Señor Vicerrector de la Iglesia Colegial del Divino Salvador. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Pontificia, Real, Ilustre, Fervorosa y Mariana Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla. Queridos antiguos Hermanos Mayores de mi Hermandad de Sevilla. Hermanos y Hermanas. Amigos, y amigas.

Pronunciar un pregón, hacerlo en Sevilla y dedicarlo a María Santísima del Rocío, debiera ser un raro privilegio reservado solo a aquellos que, teniendo la dicha de ser rocieros de ley, han sido además bendecidos con la virtud de hacer que sus palabras asciendan a la categoría de obra de arte; para aquellos que atesoran el poder de emocionar con su prosa y con su verso. Y son virtudes que reconozco en no pocos de los que me precedieron en el privilegio de asomarse a este atril.

Ninguna de ellas adornan a vuestro pregonero de este año, y sin embargo, aquí estoy. Todo lo que como rociero tuve que decir, lo hice siempre al amparo de seis cuerdas, detrás de esta guitarra que hoy me acompaña. A fuerza de costumbre, hace ya tiempo que en mi sentir rociero, fueron mis manos las que se convirtieron en mi voz, y en cierta manera, me acomodé en esa forma tan particular de expresar y de vivir mi devoción. No escondo que hubo un tiempo en que soñé ser poeta, pero aquel tiempo fue un espejismo. Una ilusión ingenua que logre desahogar con dos o tres estribillos huérfanos de merito alguno. Siendo consciente de ello, me he atrevido a ponerme esta noche ante mi Hermandad de Sevilla, ante todos vosotros, sin más ambición que la de compartir mi vivencia y mi sentimiento, y aunque suene pretencioso, que ello pueda serviros como anuncio del cercano encuentro con Nuestra Bendita Madre del Rocío.

Y al encontrarme en esta noche cara a cara con tantos recuerdos y emociones, no puedo evitar pensar que por encima de mi propia voluntad de encontrarme aquí, han sido otros los que casi sin saberlo, han preparado el largo camino que separa a aquel niño de este pregonero.

Así que espero que entendáis que no pueda comenzar de otra forma que no sea diciendo GRACIAS.

Gracias Pepe, por tus palabras, halagos inmerecidos que tengo la certeza nacen de un cariño sincero hacia mí y hacia mi familia. Hoy he revelado ante todos, que la primera vez que me emocione oyendo hablar del Rocío, tú hablabas desde un escenario y yo era un chiquillo que soñaba despierto desde la escalinata de la Hermandad de Pasión. Y treinta años después, cuando con dos palabras ponga el broche final, me conformaré con que algunos recuerden que fui yo el que tuvo el atrevimiento de dar el relevo en el pregón a D. José Díaz González. Tu ejemplo como rociero, tu sabiduría, y tu exquisita e irrepetible obra, merecen a partes iguales la sincera admiración de muchos rocieros de Sevilla.

Gracias a mis padres, Aníbal y Reme, por el regalo impagable de la vida. Por esta bendita herencia, que no admite medida sencillamente porque no es posible medirla; por enseñarme a ser persona, a ser cristiano y a ser rociero, una pesada deuda que no puedo imaginar otra forma de pagaros que no sea trasmitiendo esa misma herencia a vuestros nietos. Que si puedo estar orgulloso de que mi apellido luzca grabado en una de las cartelas de la carreta de plata de Nuestro Bendito Simpecado, eso no es comparable, ni de lejos, con el orgullo de ser hijo de mi padre y de madre.

Gracias a mi mujer, Alba, por estar siempre a mi lado, sin condiciones. Por compartir conmigo esta bendita locura que casi a cada paso condiciona nuestra vida en común. A ella y a mis tres hijos, los grandes sacrificados por mis noches de insomnio imaginando este pregón, y a los que robé las horas que han consumido estas letras, gracias por vuestro amor, ese que junto a mi fe, es el que me hace seguir mirando de frente y por derecho a la vida.

Gracias a mis hermanos, Aníbal y Hugo. Al primero por la complicidad de una niñez y una primera juventud colmadas de vivencias; que aunque sea grande la distancia que ahora nos separa, nada ni nadie puede separar de mi memoria tanto que hemos compartido. Y al pequeño, por demostrarme día a día que el verdadero triunfo consiste en no traicionar jamás lo que uno es, y por dejarme aun ejercer de vez en cuando como hermano mayor.

Gracias a quienes apadrinaron mi condición de rociero, Antonio Rodríguez Ferrera y a su mujer, Cristina, que si a mis padres debo el haberme traído de la mano a esta Hermandad, cómo olvidar a quienes abrieron a ellos esa misma puerta. Más allá de esta verdad, que pertenece a lo anecdótico, gracias por abrirme las puertas de vuestra casa, una autentica escuela en la fe rociera, a la que tuve la inmensa suerte de asistir como alumno privilegiado, y a la que, pasen los años que pasen, llevaré por siempre con orgullo en mi memoria.

Y por último, gracias a Ricardo Laguillo, nuestro Hermano Mayor, al que esta noche me permito el lujo de quitarle el titulo de Mayor, para llamarle simplemente Hermano, como nos gusta llamarnos desde hace ya muchos años. Cegado por ese mutuo aprecio que nos profesamos, ha sido el principal inductor de este desatino, con la complicidad de un hábil emisario de la mismísima centuria macarena. ¡Qué voluntad puede resistirse a tanta autoridad¡... Gracias porque esta noche se cumple un sueño y vuestra es la invitación para darlo por cumplido.

Y entre los muros de este templo del Divino Salvador, que son los de mi casa, a la magia de esta noche sevillana, pido la venia para un ultimo recuerdo a un rociero de Sevilla al que tengo muy presente y al que debo mucho de lo que conocéis de mí...

 

Del número veintidós

de la calle Mateos Gago,

desde un balcón que acaricia

las ramas de aquel naranjo,

se escuchan prima y bordón;

dos guitarras de la mano,

que tocando al mismo son,

van alternando los palos.

De la solea a la caña,

de la guajira al fandango,

de la alegría a la zambra,

y de la rumba a los tangos,

terminan entre dos aguas

con un guiño en tres por cuatro

con aires de sevillanas,

de corrales y de patios.

 

 

Del numero veintidós,

de la calle Mateos Gago,

de ese antiguo portalón,

salen con galas de ensayo,

camino de El Salvador

dos guitarras de la mano,

y desde el viejo balcón,

se les ve apretar el paso.

Antes de ganar la esquina

miran atrás por si acaso,

y una abuela dice adiós,

mientras riega sus geranios

con una copla de amores

que va cantando despacio,

hasta que las ve perderse

por la estrechura del barrio.

 

 

Al número veintidós

de la calle Mateos Gago,

solo le queda el dolor

de la ausencia y de los años,

que aquella guitarra hermana

con clavijero de palo

quedo muda una mañana,

antes que llegara Mayo...

y ahora suena limpia y clara

desde el cielo sevillano,

y sus notas se derraman

de Santa Cruz a El Calvario

de El Salvador a Triana,

de Molviedro a San Bernardo;

que aquel que le puso el alma

y quise como a un hermano,

¡ya toca junto a Sus Plantas

y hoy tengo que pregonarlo!

¡Va por ti, Antonio Anglada!

¡Que hoy es tuyo el escenario,

porque tuya es la guitarra

y también tuyo, el aplauso!

 

 

 

 

 

 

Mucho se ha escrito y se ha dicho ya sobre El Rocío. Desde tiempo inmemorial, ilustres rocieros, poetas, escritores, pregoneros… muchos han intentado definir este hecho de origen y sentido religioso. El Rocío es una realidad que ha trascendido de una forma tan rotunda hasta nuestros días, que unos y otros han sentido la necesidad de cuadrarlo en esta o aquella definición. Y siempre al calor de la misma pregunta: ¿Qué es El Rocío? A cualquiera de nosotros a lo largo de nuestra vida, alguna vez nos ha tocado la papeleta de intentar dar respuesta a esta pregunta. A veces, viene por boca inocente de alguien ajeno a nuestra vivencia, al que solo mueve el ansia irresistible de conocer, de desentrañar los misterios de esta devoción que en sus apariencia y maneras tanto le empieza a atraer. Otras veces, la pregunta tiene un origen no tan noble, y viene por boca de quien intenta ponernos a prueba, de quien quizás no tiene más intención que reafirmarse en que no hay nada en El Rocío más allá de lo evidente...

A mí me lo han lo han preguntado alguna vez. Y es una pregunta incomoda. Que como poco, me provoca inquietud y en ocasiones, temor. Temor porque sea como sea, y venga de quien venga, os confieso que yo jamas he tenido una respuesta contundente y directa para esta pregunta. Nunca estuve realmente preparado para contestar en dos palabras qué es El Rocío.

Porque si quisiera contestar tirando del recurso histórico, podría echar mano del centenario hallazgo de una imagen de la Virgen, en aquel lugar de Las Rocinas; de la leyenda de su aparición, ante aquel cazador manriqueño; del hueco de aquella encina, de aquella primera ermita que mandara levantar el Rey Sabio... Y en definitiva, podría magnificar el hecho de que después de siete siglos de devoción, aquella historia sigue viva. Pero la historia tal cual, sin más, no me ayudará a que el curioso llegue a entender qué es El Rocío, y en todo caso, cualquier enciclopedia podría ayudarle incluso mejor que yo a descubrir sus orígenes.

Si quisiera contestar desde la enorme trascendencia de esta devoción, podría recordarle que son ya más de un centenar las Hermandades filiales que arropan la extensa y riquísima nómina de ciudades, pueblos y barrios, a través de los que cada año se mueven y se conmueven cientos de miles de personas; y que en este sentido, El Rocío es una realidad que ha traspasado las fronteras de su entorno natural, para extenderse mucho más allá de esta parte de Andalucía. Y es posible que ese poder de convocatoria, que su magnitud como acontecimiento, llegara a impresionar a mi imaginario oyente, pero sin más condimentos, tampoco le ayudará a entender qué es El Rocío.

Y si quisiera intentar definirlo desde aquello que lo hace tan diferente, hablaría de esa particularísima forma de entender esta devoción, de ese especial sentido de la medida con el que nos gusta hacer las cosas; de nuestra sana costumbre por sentirnos ricos saboreando cada pequeño detalle de nuestra existencia; de nuestra predisposición a emocionarnos y a no esconder nunca tanta alegría como derrochamos; de la intensidad y la exageración que le ponemos a todo lo que sentimos. En fin, podría llegar a definir esa impronta tan personal con la que adornamos esta devoción. Pero tampoco ayudará a entender a mi oyente, porque todo ello es un concepto del saber vivir, una actitud ante la vida, de la que ni siquiera El Rocío tiene la exclusividad, y que tiene mucho más que ver con el carácter que imprime esta tierra a los que tenemos la inmensa suerte de haber nacido en ella.

Y finalmente, podría llegar a contestar entrando de lleno en su verdadero sentido y significado, que es por encima de todo, su dimensión cristiana y católica. Para decir que Rocío es el nombre de la advocación mariana por el que conocemos en esta tierra a la Madre de Dios y Nuestra; que es una devoción que tiene su momento máximo de expresión en la Pascua de Pentecostés, en la que recibimos la Gracia Sobrenatural y Divina de un Espíritu Santo que nos llega como Rocío caído del cielo. Y siendo este para el cristiano, motivo de alegría y de fiesta, no encontramos mejor forma de celebrarlo que peregrinando hasta sus Benditas Plantas en aquella aldea almonteña bautizada con su mismo nombre.

Y yo os digo que incluso revelando esta Verdad, que es nuestra Verdad, este que me pregunta, tampoco llegará a entender qué es El Rocío.

Para mí, El Rocío es por encima de todo un sentimiento. No uno cualquiera. Un sentimiento de Fe y de Esperanza. Un sentimiento que vive en cada uno de nosotros, y al que cada cual ha llegado desde su propia vivencia, por su propio camino. Y no ha nacido ni para ser entendido ni para ser explicado. Solo puede ser vivido. El verdadero Rocío, se hace grande cada vez que sentimos y se empequeñece cada vez que intentamos acorralarlo con palabras. Por eso, su verdadera grandeza huye de definiciones antológicas, y no puede definirse sino en los pequeños detalles. Decir Rocío es decir María, y vivir El Rocío es ni más ni menos que hacer nuestro su ejemplo de fe, de valentía, de generosidad, de sacrificio, de humildad, de perdón, de amistad, y de amor. Al verdadero Rocío, a ese que está más allá de las tablas del Ajolí, a ese se llega cuando de verdad abrazamos estos valores, para superar tantas limitaciones propias de nuestra condición humana.

Y dicho esto, todo lo demás no es que sobre, ni tiene por que sobrar. Es que forma parte de un todo y de nuestra forma de hacer visible este sentimiento.

 

No me pregunte señor,

el porque soy rociero.

No le puedo dar palabras,

pues vano será el intento.

Lo más que puede pasar,

si a explicarle yo me atrevo,

es que piense que estoy loco,

que debo estar muy enfermo,

y que más que devoción,

esto parece un veneno.

Por favor, no me pregunte,

que no me sale... no puedo...

que si yo empiezo a contarle

con mas torpeza que ingenio,

usted va a arrugar la frente,

yo me pondré de los nervios

y al final, hágame caso,

usted se va sin saberlo.

 

 

Sí, ya se a usted le han dicho

que la juerga es lo primero;

que eso de hacer el camino

es jarana y cachondeo.

“¿Y que quiere usted que piense,

si en la tele es lo que veo,

si solo se ve la fiesta

de postura y famoseo?”

Por favor, no me pregunte,

se lo pido... ¡se lo ruego!

Quédese usted con lo visto,

y yo con mis sentimientos,

que yo no puedo explicarle,

prefiero guardarlo dentro,

y en inútiles porfías

no suelo perder el tiempo.

 

 

Pero si usted de verdad

quiere saber lo que es esto,

le espero el jueves que viene

en la misa de romeros.

No se preocupe por nada,

venga casi con lo puesto.

Como mucho un par de mudas,

tráigase botos camperos,

y un petate, no muy grande,

“pa” sus cositas de aseo;

y su juicio y sus prejuicios

y aquello que le dijeron,

los deja usted con el móvil,

la cartera y el dinero,

que no le van a hacer falta,

allí donde yo le llevo.

 

No se asuste si le digo,

que por ser este el primero,

se graduará con honores

en la legión de romeros,

que custodian la carreta

como fieles escuderos.

Y esta es una forma suave,

de explicarle, caballero,

¡que usted va a venir andando!,

Y de paso ya le advierto,

que si es año de calores

le parecerá un infierno,

y si lo que toca es agua...

entonces ya ni le cuento.

 

 

Pero no voy a engañarle,

para todo habrá un momento;

para la risa y la broma;

para el cante y el jaleo;

para hacer nuevos amigos,

que al rato ya serán viejos;

para tomar una copa,

de lo que sea es lo de menos.

Y usted sabrá lo que bebe,

que en eso cada uno es dueño

de su propia compostura

y de su termino medio.

Y habrá ratitos de charla,

y habrá ratos de silencio

en los que camine solo...

solo con sus pensamientos.

 

 

Y cuando caiga la tarde,

pasando Monasterejo,

que para que usted lo sepa,

es una hacienda, no un pueblo,

le diré que se descubra,

que se quite usted el sombrero,

que va a empezar el rosario

y son cinco sus misterios;

y a usted, megáfono en mano,

le va a tocar el primero.

Y no ponga usted esa cara

que a esa altura del sendero

usted ya será uno más,

y no un simple forastero.

 

 

Y vámonos que nos vamos,

que la pará no está lejos.

Y si hay suerte con los bueyes

y nos acompaña el tiempo,

a las once está cenando

y a las doce ya, durmiendo.

De noche, no se preocupe,

no dormirá usted en el suelo.

Yo hablaré con un amigo

que viene de carretero

“pa” que le apañe una manta

y le prepare a usted un hueco.

¡Y dormirá usted en carreta

bajo un manto de luceros!

No se lo tome usted a broma,

porque es todo un privilegio.

Y no se me enfade usted

si tiene el sueño ligero,

porque de noche los cantes,

le ganan el pulso al sueño,

y alguna copla perdida,

flamenca, pondrá su empeño,

en que aunque cierre los ojos

siga soñando despierto.

 

 

Y a la seis de la mañana,

se me olvidaba, por cierto,

no se alarme cuando escuche

que suena un tamborilero...

“¿A las seis de la mañana?

¿está usted de pitorreo?”

No, señor, hágame caso,

que yo suelo hablar muy serio,

y ese mal cuerpo que tiene

tiene muy fácil arreglo:

con un poco de agua fresca

y un aguardiente alosnero.

 

 

 

Y así vendrá usted al camino,

si se atreve a conocerlo,

y así pasará tres días,

donde todo será nuevo;

será nuevo hasta su nombre

cuando le mojen el cuello

en la otra orilla de un río

que es el Jordán rociero,

y le digan que no es Pepe,

¡que usted es “lirio marismeño”!

 

 

Pero una cosa le pido,

y este es mi mejor consejo:

que cuando llegue al Rocío

aunque se lo pida el cuerpo,

no se vaya usted a la casa,

deje la ducha “pa” luego,

ni se cambie ni descanse

vaya a la ermita derecho,

que Le mire usted a la Cara

verá que está sonriendo,

que se agarre usted a la reja

y que a corazón abierto

Le diga usted lo que quiera,

sin vergüenzas, ni complejos;

que olvide usted su rencor

y aquello que le dijeron

porque es la Madre de Dios

la que le dará el consuelo.

 

 

Yo estaré detrás de usted,

y si después de su encuentro

todavía le quedan ganas

de preguntar lo que siento,

¡no le ofenda mi sonrisa!

¡no hay misterios, no hay secretos!

¡Lo lleva usted en la mirada!

¡Corra y mírese a un espejo,

y encontrará la respuesta,

del porqué soy rociero¡

 

 

 

 

Por regla general, y aunque no es imprescindible, los rocieros encauzamos todo este torrente de devoción a través de una Hermandad. De la que a cada cual le toca por causas muy diversas y a la que llegamos a veces, por casualidades de la vida. Algunos por herencia familiar, otros de la mano de una amistad, de un conocido, de su pareja, o de su propia inquietud personal. Y en esto cada cual tiene su particular y curiosa historia que contar.

En mi caso, estaba escrito que mi Hermandad sería para siempre la Hermandad del Rocío de Sevilla. Mis padres unieron mi destino al suyo y al hacerme hermano, sellaron para siempre la relación con esta gran familia que yo hice mía desde ese momento.

Mi llegada coincidió ademas con el descubrimiento de una afición por la música que iba a determinar ya para siempre mi sitio dentro de esa gran familia. Una afición que dio la cara con una desmedida y enfermiza obsesión por aprender a tocar la guitarra. Así que llegado el momento, a nadie entre mis mayores extrañó que yo encontrara mi sitio en el Coro de la Hermandad de Sevilla.

Hay pocas cosas de las que yo pueda estar más orgulloso que el haber pasado media vida como miembro de ese coro. Sin miedo a equivocarme, me atrevo a decir que algunas de las paginas más trascendentes y brillantes de la historia de esta Hermandad han sido escritas por su Coro. Y aunque tenemos la suerte de poder decir que continua hoy día escribiendo esa historia, yo, que hace tiempo soy un miembro en la reserva, solo puedo hablar del tiempo y del coro que me toco vivir.

Como testigos mudos, tras los cristales de una vitrina del salón de Hermandad, duermen en silencio los recuerdos de mucho de lo que hicimos y de lo que fuimos. Me gusta repasarlos en soledad, uno a uno, y más allá del reconocimiento y el orgullo que encierran cada placa, cada cerámica, cada cuadro, cada obsequio..., la nostalgia y la emoción remueven mi memoria evocando los momentos que hay detrás de cada uno de ellos. Y verdaderamente son tantos, que las costuras del alma se empiezan a descoser, incapaces de abarcar tanta vivencia.

Pionero, genuino, e innovador desde su creación, el Coro de la Hermandad de Sevilla marcó un estilo y un sello inconfundibles. Supo aprovechar su indiscutible tirón y una categoría antes no conocida en el arte de cantar a la Virgen del Rocío, en beneficio de la Hermandad a la que se entregó en cuerpo y alma. Fue el cauce a través del que se ganaron para la causa rociera varias generaciones de jóvenes, que con el tiempo, recogieron el testigo de más altas responsabilidades. Durante mucho tiempo, fue imprescindible referente en la convivencia y vida de Hermandad; puso el nombre de Sevilla en boca de todo el orbe rociero, y amen de derrochar arte, con mayúsculas y por los cuatro costados, fue ejemplo vivo de sacrificio y dedicación. ¡Y jamas perdió el norte ni la esencia de aquello para lo que fue creado!. La historia, y los que tuvieron la oportunidad de conocer de cerca la trastienda de aquel grupo humano irrepetible, pueden dar fe de lo que digo.

Por eso, quiero esta noche rendir mi sentido y personal homenaje a todas aquellas personas que con cariño y generosidad, dedicaron años de sus vidas al Coro de la Hermandad del Rocío de Sevilla. Tiempo que robaron a la familia, al ocio y a los estudios y que dedicaron a hacer muchísimo bien al nombre de esta Hermandad.

De aquellas primeras voces

apenas guardo un recuerdo.

Tocaban Baldo y Jeromo

para dar el primer tono

a un elenco de apellidos

que son historia del coro:

Prado, Anglada, Sousa, Asuero.

Ojeda, Pardo y Fernández,

González, Lirola y Berro

y Lagares y Loreto.

 

 

Y fue Rodríguez Ferrera

quien hizo realidad el sueño

de hacer cantar a Sevilla,

para elevar hasta el cielo

las siete letras de oro

que lleva en su terciopelo.

Soñó que una margarita

soñaba con ser romero;

le regalo nuestra Salve

que otra igual nunca se ha hecho,

y a su Hermandad de Sevilla,

con tanta gracia y salero,

la hizo más grande en el Quema,

que en un mar de sentimientos

cinco veces dicen ole

mientras alzan el sombrero.

 

 

Viene Manolo Lagares

orgulloso con sus premios.

Por dos veces fue a Lebrija;

por dos veces se lo dieron.

La gloria de su batuta,

con gran cariño y respeto,

la heredé un doce de octubre

de este ilustre macareno.

 

 

Y Rafa González Serna

¡eso sí que fue un revuelo!

En la Hermandad de Sevilla

sentó cátedra su verso,

que hace ventitantos años

que aquí aprendimos a hacerlo...

a colgarnos la medalla

sin quitarnos el sombrero;

a ser feliz con mi gente;

a decirle, Te queremos;

y una torre curiosona

se está muriendo de celos

porque hay otra con campanas

que están tan cerca del cielo.

 

 

 

Y fue Manuel Marvizón,

quien dijo Sevilla llora,

suena a yugo y a frontiles,

y que historia tan hermosa,

que empezaste de arreglista;

te contagió de su aroma,

te dijo vente conmigo,

y lo que son estas cosas,

que te enganchaste a Sevilla

como Sevilla a tu obra.

 

 

Silvestre puso la letra

Y Pepe Luis ya lo sabe

que a la Virgen del Rocío

que el Lunes sale a la calle,

le cantamos con cariño

como no le cantó nadie.

 

 

Y mirando el calendario

sin pensarlo me lo ha dicho;

que entre Sevilla y Triana

tiene el corazón “partío”.

Josemi por bulerías

dice a su hermana Rocío:

no me limpies tu los botos

déjalos como han “venío”.

 

 

Y lo bordó Pepe Díaz

“pa” que el coro lo dijera:

¡Viva la Raya Real¡

¡Viva la marisma entera!

Aunque unos años después

ya le sobrara esa Raya,

porque Sevilla no sabe

caminar entre alambradas.

 

 

Y Ana Bovis, Cuca y Reme,

son las voces veteranas

que se dejaron la vida

diciendo por sevillanas:

¡Del Salvador o Sevilla!

¡que más da como la llaman!-

 

 

No pueden ser más flamencas,

y son tres y son hermanas.

Diciendo Sevilla sueña

la mayor es la que gana.

Son Melu, Rocío y Lourdes,

y su primo es Javi Palma.

Sus voces tienen un duende,

y un pellizco y una gracia,

que cantando a la Señora

solo otras dos las igualan;

en su apellido el compás,

son Elena y Esperanza,

y Pedro Luis con esmero

va templando la sonanta.

 

 

El arranque de esa copla

me evoca aquellas estampas

de un sueño de Bougambilla,

de una corriente que para,

que el “solo” suena a Sevilla

si Pepe Pérez lo canta.

Si por mano del diablo

con la letrilla se atasca,

son el Gordi y el Anibal

que no paran con la guasa.

 

 

Entre coplilla y coplilla

él cuenta su chascarrillo.

Ricardo Suárez le dice

a su comprade Alvarito,

que al Tino y Javi Bernal

hay que dejarles su sitio;

que con tanto corazón

les sobra hacer gorgoritos,

y aquí hay que saber llorar,

igual que Lloran los pinos.

 

 

Pastoreño y rociero,

él tiene la voz gitana,

y al coro de esta Hermandad

un hijo de Cantillana

vino con aires camperos

a romperse la garganta.

Él es Ricardo Laguillo.

Ni me olvido de su hermana,

ni de aquella que es la madre

de su Pastora del alma.

 

 

Paco Montes y Javi Gemio,

buscan en calle Luchana

una introducción de ensueño,

con un punteo de guitarra,

para que suenen a gloria

Campañas de la Giralda.

 

 

Y me tengo que acordar,

y porque lo llevo a gala,

de un maestro y un amigo,

¡del pajarito y su caña!

Talento, genio y figura,

que un perejil no le falta,

y se atrevió por fandangos,

aquella noche en Granada.

¡Y cómo será su arte,

y adónde llega su fama,

que quiso estrechar su mano

hasta el mismo Rey de España!

 

 

Me dice manitas de oro

y es que tengo que quererla;

su nombre es Isabelita,

otro miembro con solera;

ni me olvido de su gracia

ni de aquella cantinela:

“Manolo, chuli, no puedo

que he quedado con Carmela”.

 

Y estos niños tan flamencos

estos dime ¿donde estaban?

¡Que suban al primer coro

que ya tienen muchas tablas!

Ese niño es de Ferrera,

el que toca la guitarra,

y son Hugo y Juan David,

y es el Nani con la caja

y ese Chano trae el compás

de un gitano de la cava.

 

 

Hay que ver lo bien que suenan

y hay que ver lo que alborotan

repicando los palillos

Mónica y Marian lo entonan

y Marisa da la entrada

para que suene esa copla:

En la puerta de tu ermita

Sevilla canta y te llora.

Y otros palillos con arte,

Pepe Palillo y señora.

 

 

 Siempre estuvieron conmigo,

yo cómo voy a olvidarlos

Josema, Dani y Manili

y Sami y Antonio Almagro

Ya llego la primavera,

y más de veinte cantando,

que si ellas lucen mantones

nosotros con los caballos;

por senderos de arenales

los mismos amigos vamos.

 

 

¡Viva ese coro de ayer!

Ese de arte y de casta,

de ilusión y sentimiento,

de Palenque y de Parrala,

de Quinario y de teatro,

y de carretera y manta;

que hizo temblar de emoción

las columnas de Santa Ana,

cuando cantó en la novena

de la Hermandad de Triana,

y una lagrima arrancó,

de aquella Infanta de España.

Fue testigo el mundo entero

de esa clase y elegancia

que solo tiene Sevilla,

si es Sevilla la que canta.

 

 

¡Viva ese coro de ayer!

Su camino es Mi camino;

fueron brazos almonteños

los que le abrieron pasillo,

para escuchar a ese coro

diciendo Rocío, Rocío;

“pa” que Almonte hiciera suya

más que una plegaria, un himno,

que tanto agradó a la Madre,

y tanto gustó a su Niño,

que quiso tener alguien cerca

“pa” entonárselo al oído.

Por eso, desde los cielos,

deja que grite contigo:

¡Ole que viva mi coro!

¡Mi coro quita el “sentío”¡

¡Que como tú lo quisiste

yo te juro, Paco Bovis,

que así nadie, lo ha “querío”!

 

 

 

 

 

 

El camino nos espera. Se acerca el momento de cumplir nuevamente con el ritual de la peregrinación. Una peregrinación que como cualquier otra obra también tiene su prólogo. Son estos días, en los que lo trascendental y lo efímero comparten este tiempo de espera en el que, casi sin darnos cuenta, los rocieros preparamos conciencia y corazón desde esos pequeños gestos que forman ya parte inseparable del ritual del camino. Y acudimos al rescate desde altillos y cajoneras, de nuestros enseres rocieros. Toca limpiar el sombrero, y entre el polvo que trajimos, aparecen los restos de aquella mata de romero, seca y ennegrecida, pero que aun nos guarda el ultimo aliento de su aroma, para hacernos caer en la cuenta de que ha llegado la hora esperada de volver a caminar.

Antes de que esa mañana de jueves la Plaza del Salvador se abra ante mis ojos, convertida en un hervidero de nervios, ilusiones, carretas, tamboril, volantes, caballistas, y peticiones, yo abre enfilado mis pasos por calle Águilas, y solo por un segundo, volveré a mirar de reojo la estrechez de la calle Caballerizas. Y me parecerá extraño y grandioso, que hace solo unos días eran mis pies descalzos los que la recorrían llevando una cruz al hombro tras mi Cristo de Las Penas de San Roque. Y ahora, calzando botos camperos, con un pañuelillo al cuello, y con otras maderas muy distintas a la espalda, aprieto el paso con la ilusión de un chiquillo, para seguir a una Madre que en su Gracia y Esperanza, ha cambiado sus lagrimas por una sonrisa que esconde la Gloria de un Pentecostés prometido.

Como extraño me parecerá también, pocas horas después, ganar esa frontera emocional del cuartel de la policía, ¡invisible y dolorosa línea que separa a los que siguen de los que se quedan!. Con media sonrisa, y con el primer trago de vino que llega a mis manos, intentaré disimular una lagrima al despedirme de mis hijos, muy distinta de aquella otra lagrima, que de niño y sin disimulo, derramaba al separarme de mis padres en ese mismo lugar, mientras de la mano de mi abuela, desandaba mi rabia y mi desilusión, maldiciendo mi suerte.

Y solo hay un lugar posible para tanto misterio, para tantos sentimientos encontrados. Es la misma ciudad a la que yo volvía la mirada, para encontrar que allí nada había quedado, que todos sus tesoros, de pronto, ya no estaban. Porque...

 

¿Quién ha dicho que Sevilla

dice adiós a los romeros?

¿Quién ha dicho que Sevilla

los despide en un lamento?

¿Quién que lloran sus plazuelas?,

¿Quién que sus barrios estrechos?

¿Y quién que lloran sus torres

las que recortan su cielo,

de veletas y espadañas,

esas que guardan secretos

de su historia milenaria?.

 

 

 

¡Sevilla se va al Rocío,

y va en carreta de plata!

Se viene un Guadalquivir

para morir en Doñana,

y de un rosal en San Gil

también viene una Esperanza.

Y Santa Ángela y sus niñas,

y unos seises que les bailan.

Ramilletes de azucenas,

que sus esquinas rematan,

y orgullosa en lo más alto

también viene su Giralda.

 

 

Vienen sus puertas antiguas;

vienen sus viejas murallas,

guardianas de su leyenda,

ayer moras, y hoy cristianas.

Prendidos en sus jazmines

vienen aires de sus plazas;

del Museo y San Lorenzo,

Doña Elvira y la Alianza;

del Parque de María Luisa

viene su Plaza de España.

Y un vuelo de golondrinas,

y un silencio de Maestranza

y silencios de clausura

de San Leandro y Santa Clara.

De su Catedral un beso;

un suspiro del Alcázar;

el murmullo de una fuente

por el Callejón del Agua,

y de un lienzo de Murillo

se viene una Inmaculada.

Desde el Arco del Postigo

un arenal se engalana,

que se viene el Baratillo

con la Caridad y Las Aguas.

 

¡Que Sevilla no se queda!

¡Que quiere estar a Sus Plantas

cuando vuele su Paloma

ese Lunes con el alba!

Entonces, a ver quién dice,

¿quién puede echar algo en falta?

¡Quién a dicho que Sevilla

la despide con desgana,

si Sevilla entera viene

en su carreta de plata!

 

 

Dicen que han cambiado los caminos. Y sin dejar de ser cierto, la realidad es que en esa frase también escondemos que somos nosotros los que hemos ido cambiando con el paso del tiempo.

Hace más de veinte años de mi primer camino. Del primero con mi propia reunión, liberado entre comillas de la protección de mis padres, aunque ni ellos ni muchos veteranos rocieros de esta Hermandad que hoy me escuchan, perdieran de vista a aquel grupo de jóvenes unidos por la amistad y la devoción. Hoy me parece estar viendo aquella carreta llegando a la “pará” de Cuatrovitas. Con sus cortinas de encaje y en lo alto, el remate saleroso de un rostrillo de la Virgen. Bajo su vestido blanco, y en sus entrañas de madera, poco, muy poco. Un costo del que casi dimos cuenta el primer día, una guitarra, una cejilla, una palangana, y las paginas en blanco de una historia que empezaba a escribirse en aquellos días. Porque lo que de verdad no cabía en aquella carreta, era la ilusión de aquellos siete amigos; los sueños de romería que se habían ido forjando en noches de Pianillo y de Joyanca, en acordes de Romeros y Salmarina, y en aquellas tardes de ensayo.

Y tuvimos que ir con tan poco, para iniciar nuestro magisterio rociero. Para aprender las primeras y únicas leyes del camino del Rocío, que son la convivencia y la generosidad. Leyes que se escriben desde la vivencia. También desde la experiencia inolvidable de aquellos que van por primera vez. Porque la primera noche de aquel primer camino, vencidos ya por el sueño, y desafiando al relente bajo un lienzo de marisma salpicado de estrellas, por no faltar no nos faltaron ni unas manos anónimas que arroparan nuestro sueño del frío, al presenciar aquella entrañable estampa. Seguramente pensando que alrededor de aquella carreta, dormía la simiente de una nueva generación de rocieros de Sevilla.

Y en el recuerdo, los rescoldos de esa fragua rociera donde la magia y la fe se fundían en una sevillana con vocación de plegaria. Recuerdos que son chisporroteos de una candela que quemaba entre sus ramas el cansancio del peregrino; que alumbraba solo lo suficiente para insinuar el rostro de los romeros, y que convocaba a todos junto al Simpecado, dando verdadero sentido a la palabra Hermandad.

 

¿Qué fue de aquella candela,

donde crujían los leños?

Se la llevó para siempre

un aire de nuevos tiempos.

Me dejaron los rescoldos

de unos cantes que se fueron;

y las noches del camino

las vistieron de silencio.

Las coplas que se vertieron

en sus entrañas de fuego,

ardieron en la memoria

del camino rociero.

¡Qué pena que esa candela

se consuma en el recuerdo¡

¡Qué pena que se apagara

y nadie la eche de menos!

 

¡Escúchame, rociero!

¡Fíjate bien lo que digo!

¡Se llevaron la candela

y muertecitas de frío,

nos dejaron al relente

las vivencias del camino!

 

 

 

Y tanta verdad es que han cambiado los caminos, como que no hay dos caminos iguales. Cada primavera, es nuevo. Cada primavera, distinto. Algunos de ellos, dan la bienvenida a la nueva luz de Mayo con el firme propósito de poner a prueba nuestra vocación inquebrantable de llegar hasta Ella. Como aquel de copiosas lluvias, que nos dejaron una noche metida en fangos agotadores e invisibles, a nuestro paso por La Juliana; como aquellos de calores infernales, con el aire abrasando el sesteo de un mediodía; como aquel en el que vivimos el misterio de cruzar ya muy de noche el puente del Ajolí; como aquel otro, sin bueyes, privados de la estampa de nuestra hilera de carretas, y al paso ligero de un tiro de mulas; como aquel de lodos asesinos, que improvisaron desconocidos senderos de asfalto; como aquel de arrimar el hombro en nuestra carreta, para vencer aquellas duras bancadas de arena. Y probablemente, como este que nos aguarda, al amparo de unos campos que no fueron capaces de beberse el agua que trajo el invierno.

Y sin embargo, hoy puedo decir que el camino más duro, el único insoportable, es aquel que no se hace. Es el que se vive en la distancia dolorosa del no poder ir. El que se vive agarrando con fuerza una medalla en la oscuridad de una noche cubierta por un cielo tan extraño, como lejano. Es ese que me tocó vivir. Ese en el que solo tuve el consuelo de un sobre con membrete que llegaba del norte, de la mano de mi amigo Pepe Dioni, para que yo supiera que en mi ausencia, Sevilla había vuelto a cumplir con la liturgia del camino. Una liturgia, que en esos días yo repasaba a cada hora en mi mente, y que se hacía especialmente insoportable al llegar con mi imaginación a esa frontera en la que Sevilla baña su fervor, derramando lagrimas de amor por su Bendita Madre del Rocío...

 

Sevilla ya se prepara;

ya va presintiendo el Quema.

Viene ganando el carril

con su hilera de carretas,

y al sonar el tamboril

su corriente ya se inquieta;

que saben sus dos orillas

que andando de esa manera

solo puede ser Sevilla...

¡se la ve venir a leguas!

Viene cantando su gente

y al escuchar esa letra...

me pregunto porqué lloran

cuando cruzan el río Quema.

 

Atrás quedaron los ecos

de una sevillana en Lopaz

quedaron los encinares;

una coplilla en Aljobar,

y curiosa en su atalaya

la cigüeña que se asoma.

Quedó un arenal dormido,

dorada y pesada alfombra,

y un Ángelus que se anuncia

al cobijo de una sombra.

Perfiles de un mediodía,

que antes de tocar la Gloria,

desde el poniente una brisa

me va trayendo su aroma.

Y al divisar el gentío,

abarrotando las lomas,

pienso, qué tendrá ese río

que al cruzarlo, siempre lloran.

 

 

Viene bajando esa yunta

a la voz de un carretero,

que suena mejor que nunca,

¡porque suena desde el cielo!

Le abre pasillo una corte

de jinetes pintureros,

¡caballistas que escaparon

de una estampa de Barreiro!

Las mujeres se arremangan

las enaguas con salero;

con salpicones del agua

se van recogiendo el pelo.

Cuando el Alcalde Mayor

detiene el reloj del tiempo,

mandando parar las ruedas

de ese trono marismeño,

alguien empieza una Salve,

y ya lo voy entendiendo...

 

No hay más que mirar sus caras,

no hay más que escuchar su rezo.

Y es que en sus aguas derraman,

tanto amor y sentimientos,

que al mirar su Simpecado

¡se están mirando por dentro!

Que miran a la Señora,

como quien mira un espejo.

Y se acuerdan de su gente,

de niños que no vinieron,

y bautizan sus medallas,

y ese bautismo es un beso

que vuela de la marisma

al rostro de sus pequeños.

 

 

No hay más que mirar sus caras,

no hay más que escuchar sus rezos.

Se acuerdan de sus mayores,

de nombres que se perdieron,

de esos que ya no vendrán

porque borraron los vientos

las huellas de su memoria.

¡Mira si eran rocieros,

que aunque cruzan otra orilla,

aunque andan otro sendero...

han recogido ese llanto,

se lo han llevado hasta el cielo

y allí se han echo otro Quema

en un Rocío que es eterno!

 

¡Ay, río de mis amores!

¡Frontera de la marisma!,

Que si llora tu corriente,

si los juncos se arrodillan,

yo ya sé que no es de pena,

que es que lloran de alegría.

¡Que tus caudales lo saben!

¡Lo saben tus dos orillas!

¡Que hay que quitarse el sombrero

mientras le dicen los vivas!

¡Que esa que llora en tus aguas,

solo puede ser Sevilla!

 

 

 

Y desde esas benditas aguas del Quema, hasta las mismas puertas del Rocío, esas que la Madre quiso que se tallaran con la sencillez de unas viejas tablas de madera, este nuevo tiempo de caminar se habrá consumido entre la ansiedad y el deseo. Habrá volado hasta las puertas de una blanca Ermita, para volver a consumirse entre la dicha de pisar ya la tierra prometida, y la tensa espera que precede al encuentro. Una espera que a este rociero que os habla, se le antoja eterna en las horas lentas de un patio de carretas. Ese patio que sabe disimular su impaciencia, afanándose en hacer inolvidables esos ratos de convivencia y de descanso, cuando en el fondo, solo sueña con el momento de hacer bailar sus campanas un Lunes con el alba.

Con esa ilusión, y con las primeras luces de ese día que tanto tiempo lleva ya marcado en el calendario, los ecos del compás de Huelva delatarán la cercanía de la Madre. Llegarán hasta ese antiguo eucaliptal, donde Sevilla espera ya asomándose desde un Simpecado, al que no le faltan manos para rozar el cielo. Como queriendo ser el primero en saludar a Su Blanca Paloma.

A su alrededor, y al divisar el rostro acaramelado y deslumbrante de la Reina de las Marismas, entre el gentío, los vivas y las salves, yo volveré a escuchar el silencio de una oración íntima y sentida, de una plegaria anónima que se dice para los adentros y que se intuye en las miradas nerviosas que se cruzan. Esas que lo dicen todo, sin tener que decir nada...

Tanta espera por mirarte,

por rendirme ante Tus Plantas,

y ahora te tengo delante

y no encuentro las palabras.

Tantas cosas que decirte,

y ahora que miro Tu Cara,

mi voz se quiebra en un llanto

que sube por mi garganta.

 

 

No sé si vine a pedirte;

no sé si a darte las gracias;

ni siquiera si soy digno

de merecer Tu Mirada.

¡Pensé en lanzarte piropos,

vivas, rezos y alabanzas,

un beso de enamorado,

la más hermosa plegaria!

Y ahora mírame, Rocío;

no puedo decirte nada

que una lagrima no diga

cuando brota desde el alma.

 

 

¡Rocío, siempre Rocío!

¡Rocío, rosa temprana!

¡Rocío, lirio encendido!

¡Rocío al romper el alba!

¡No quiero decirte adiós,

ni despedidas amargas!

¡Tú sabes de mis desvelos!

¡Tú ya sabes qué me pasa!

¡Es que yo no me conformo

con llevarte en una estampa!

¡Que este Amor, no se negocia,

no se cuelga en la medalla!

¡Tú ya sabes que Te quiero

porque hay silencios que hablan,

y hay “te quieros” que se dicen

sin tener que decir nada!

 

 

 

 

 

Igual que ese Lunes Glorioso de Pentecostés volveremos a consumar nuestra promesa de fe, se consuma ahora este pregón en sus ultimas letras, en su camino de vuelta. Solo me queda darle gracias a Ella, y a su Divino Pastorcito, por la dicha de haberme permitido vivir este momento. Solo me queda pedirles que llenen el corazón de mis hermanos de Sevilla de comprensión por este loco y torpe intento de ser lo que nunca fui.

A cambio, solo puedo regalaros la promesa de estar siempre allí donde todos me habéis conocido, junto al Simpecado de mi Hermandad de Sevilla. Una promesa que en el fondo hago desde el egoísmo, sabiendo que es a mí a quien no podrían faltarme ni una sola de las personas que durante tantos años han caminado conmigo. Ni una sola a las que mis pobres palabras, han negado un hueco en mi pregón, pero cuyos nombres llevo escritos con la pluma del cariño en mi corazón. Especialmente los de tantos rocieros y rocieras de Sevilla que desde su esfuerzo anónimo y desinteresado, huyen del reconocimiento, de la medalla y de la insignia, porque no las necesitan para seguir dando la cara por este sueño que se llama Sevilla. Y porque les sobra y les basta con saber que por encima de las personas, de sus defectos y de sus virtudes, está su Hermandad.

Y para terminar, permitidme eso sí que en mi despedida, me dirija a esa amiga inseparable que lo ha vivido todo conmigo; a esa que presiento anda esta noche suspirando por decir algo; a esa que ingenuamente pensó que esta noche, como tantas noches de Rocío compartidas, sería la verdadera protagonista...

 

Perdóname amiga mía,

si hoy te condeno al silencio,

perdóname compañera,

si te robo este momento,

que aunque para tus maderas

reservé el mejor asiento,

esta noche es solo mía,

mía y de mi sentimiento,

y a ti te toca el dolor

de no acompañar mi verso.

 

 

Perdóname, amiga mía,

si hoy te condeno al silencio

pero tienes que entender

que no es traición ni desprecio,

que no es que ya no te quiera,

que no es cosa de los celos.

Es que solo por un rato

quise ser un pregonero

y me sobraron tus notas

para decir lo que quiero.

 

 

Perdóname amiga mía,

si hoy te condeno al silencio,

que hoy no soñaran tus cuerdas

ni siquiera un suave arpegio,

porque hoy te toca callar;

le toca hablar a tu dueño,

y no pienso regalarte

ni el sitio ni el privilegio

de hacer soñar a Sevilla

y despertarla del sueño.

 

 

Pronto llegará tu hora;

pronto calmarás tus nervios.

Serán tuyos los caminos;

tuyos serán los senderos,

y tuya será la gloria,

tuyo el mérito y el premio

de decirle a la Señora

lo que yo hablando no puedo.

Cuando suenen tus acordes

y seas dueña de estos dedos,

serán historia esta noche

y este humilde pregonero.

 

Tendrás que aliviar fatigas.

Tú ya sabes como hacerlo;

mejor los tonos menores

cuando el carril se haga estrecho,

y alegres tonos mayores

cuando entremos por un pueblo.

Toque rancio y sin alardes,

de esos tiempos que se fueron,

que al caballista le gustan

esos acordes camperos.

Si son duras las arenas,

si el calor les va venciendo,

abrocha al tres la cejilla,

dale una entrada por medios

y busca alivio en la rumba

que sabe el tamborilero.

Y a esa guapa rociera

que me mira desde lejos,

acuérdate de guardarle

un fandanguillo alosnero;

que si bellas melodías

tus viejas cuerdas parieron,

ella parió a mis tres hijos,

y es lo más grande que tengo.

 

Y perdona, amiga mía,

si te guardo otro castigo,

que las maderas son tuyas

pero el corazón es mío,

y tu nunca los dirás,

como yo siempre los digo.

¡Por eso, te haré callar,

no podrás gritar conmigo,

cuando le dé el primer viva

a mi Virgen del Rocío!

 

 

¡¡Viva la Virgen del Rocío!!

¡¡Viva esa Blanca Paloma!!

¡¡Viva la Hermandad de Sevilla!!

¡¡Viva Sevilla!!

¡¡Viva la Madre de Dios!!

 

 

He dicho